El sacerdote, buen pastor

El obispo es el buen pastor, como el sacerdote. Por tanto,  es padre de su pueblo en el signo de Cristo pastor, y también imagen viva del Padre de Jesús. Esto vale también para el presbítero.

Al obispo y al presbítero, los hombres les piden lo mismo que pidieron a Jesús: “Muéstranos al Padre y eso nos basta” (Jn 14,8).

Esta petición se la hacen todos los sacerdotes y fieles al obispo, y los fieles al sacerdote. Ostende nobis Patrem, et nos sufficit.

Basta con que nos muestres que tú eres el Padre. No un artista, un profesor o un técnico, sino el Padre. En la parroquia no se necesita un técnico o un artista, sino un padre. El pastor tiene que responder a los fieles con temor y temblor, pero también con mucha fe, lo que Jesús respondió a Felipe: “El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: Muéstranos al Padre?¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que les digo no son mías; el Padre, que habita en mí, es el que realiza las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo al menos, por las obras” (Jn 14, 9-11)

Así pues, yo he de poder decir: quien me ve a mí, ve al Padre. La paternidad del obispo – como la del presbítero – ha de ser, en la cotidianeidad de su estilo de vida, en sus palabras y en sus gestos, la revelación del amor del Padre celestial, que Jesús hizo accesible y quiso ofrecer por medio de sus discípulos a toda criatura.

Para que esto suceda, el ministro ordenado ha de reconocer y hacer que se reconozca siempre su verdadera riqueza y su verdadera pobreza. Si Dios es su riqueza, ningún bien de este mundo ha de interponerse para oscurecer este tesoro, aunque lo llevemos en vasijas de barro. Además, la pobreza es el estilo de vida de quien quiere ser rico sólo en Dios. El buen pastor es pobre de todo para ser transparencia de la perla preciosa, del tesoro escondido que vale más que todo y que se ha de amar por encima de todo. En esta pobreza, el obispo, como el presbítero, se ofrece como verdadero padre, totalmente entregado a su pueblo, disponible en todo, para todos, hasta el sacrificio de su vida, en una radicalidad que incluso puede asustar.

¿Quién podrá ser padre así? ¿Quién podrá darlo todo, realmente todo? Nos conforta la garantía y la promesa de Jesús: “El Padre mismo los ama” (Jn 16, 27).

Si es Él el que nos ama, el que nos ama a todos, el que hace posible el de otro modo imposible amor, entonces todo ministro ordenado sabe que puede ser padre con el corazón de Dios, sabe que puede amar en Aquél que ama a todos, que no excluye a nadie.

 Card. F. X. Nguyen van Thuan,  El gozo de la esperanza

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