Las peores tentaciones son aquellas que ni siquiera notamos. Bibliografía

Sabemos que estamos tentados, podemos luchar por evitar caer en la tentación, pero cuando somos incapaces de reconocer el mal como mal, estamos perdidos.

San Francisco de Sales habla de dos tentaciones. Una de ellas es bastante común y los cristianos la conocemos bien. La otra tentación es más sutil, menos evidente, y en eso reside su fuerza.

 “El demonio aprovecha la tristeza para tentar a los buenos, intentando hacer que estén tristes en la virtud, igual que intenta que los malos se alegren de sus pecados. Del mismo modo que sólo puede tentarnos para que hagamos el mal consiguiendo que ese mal parezca atractivo, solo puede tentarnos para que nos apartemos del bien consiguiendo que ese bien carezca de atractivo. Le encanta vernos tristes y desesperanzados, porque él está triste y desesperanzado por toda la eternidad y querría que todo el  mundo fuese como él” (Introducción  a la vida devota)

La primera tentación, que es hacer que el mal parezca atractivo, resulta familiar para todos. Es más, como Santo Tomás explicó muy bien, es la única forma de conseguir que alguien haga el mal. Nadie elige el mal por sí mismo. Somos incapaces de hacerlo, porque hemos sido creados por Dios y nuestra voluntad sólo reacciona ante el bien. Por eso, cuando hacemos el mal es siempre sub specie boni. Es decir, fijándonos en el bien inmediato que vamos a conseguir con ese pecado. Cuando uno hace el mal, siempre está buscando un bien para sí mismo, ya sea disfrutar del coche robado, de la joven secretaria o del agridulce deshago de la venganza.

La tentación, en estos casos, consiste en hacer que sólo tengamos ojos para el placer inmediato que proporcionará el pecado, mientras “olvidamos” intencionalmente el mal que va a sufrir el vecino o incluso el que sufriremos nosotros más tarde. Es algo que todos conocemos muy bien, porque nos confesamos de cosas así siempre que acudimos al confesionario.

La segunda tentación, en cambio, es mucho más sutil. No solemos pensar que la tristeza en el bien sea una tentación. El mismo nombre del pecado al que nos incita resulta extraño y desconocido para la mayoría de los cristianos de hoy: la acedia.

La acedia es el componente espiritual y principal de la pereza. Es la desgana  por las cosas de Dios, por la virtud, por la oración, por el bien, por la santidad y por hacer la Voluntad de Dios. Está ligada directamente a la falta de esperanza. La voz de la acedia nos dice: “Buf, seguir a Cristo, ser santo, qué pereza… yo con ir tirando tengo suficiente”. Es la reducción de la impresionante aventura de la vida cristiana a un intento mezquino y agobiante de cumplir unas pocas normas para que Dios moleste lo menos posible.

La acedia, pues, está muy relacionada con la envidia. Si la envidia es la tristeza por el bien ajeno (o alegría por su mal), la  acedia es tristeza ante el bien de la gracia, ya sea en sí o incluso en uno mismo. Por eso, hace que uno se entristezca de las cosas que suelen alegrar y entusiasmar a los que aman a Dios, como la vocación a la santidad, la consagración a Dios, la liturgia, las virtudes, la doctrina de la Iglesia, la vida de los santos, la conversión…

Un sacerdote hablaba muy acertadamente de “los cristianos con cara de acelga”, que son en realidad, los cristianos  con cara de acedia. Es decir, aquellos para quienes la vida cristiana es una terrible carga, una especie de renuncia a todo lo bueno que puede haber en la vida. También es la verdadera explicación de la falta de vocaciones de algunas congregaciones religiosas o seminarios. ¿Quién va a querer ser cristiano como tú, si no haces más que quejarte, si da la impresión de que Dios te ha fastidiado al concederte la fe? ¿Quién va a querer ser cristiano, si los únicos cristianos que conoce tienen cara de acelga? Como señala San Francisco de Sales, ¿quién va a querer parecerse a ti, si más que parecerte a Cristo, te pareces al demonio y siempre estás triste como él? La acedia convierte la vida cristiana o la vocación a la vida consagrada en algo insípido, pesado, desagradable, soso y aburrido… y los demás lo notan enseguida.

 

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la Visitación de la Santísima Virgen María. Bibliografía del P Bert.

Cuando la Iglesia celebra alguna festividad de la Madre de Dios nos invita a contemplar la totalidad del misterio de la Virgen Madre: porque cada uno de sus atributos y virtudes nos remontan al designio del Eterno sobre esta mujer que viene al mundo como aurora de salvación.

La Virgen María es la obra más perfecta de Dios, su diseño jamás imaginado por la mente del hombre: ella es la criatura que vino al mundo y vivió como “capacidad” creciente para hospedar el misterio de Dios y asimilarse de forma perfectísima a esa Voluntad que la puso en la existencia y la participa de sus misterios… Ella es la criatura- la única- que ha podido entrañar en el corazón primero y luego en su vientre virginal al mismo Creador.

Pero a diferencia nuestra, Ella no conoció la tentación de la jactancia, del creerse superior por el hecho de haber sido revestida de dones extraordinarios y recibir el don sobre todo don que fue el ser Madre de Jesucristo, el Verbo del Padre hecho hombre…

María tiene su mirada siempre despejada para mirar la presencia y cercanía de Dios en su vida y en su entorno… Ella mira continuamente a Dios y se sabe mirada misericordiosamente por Dios. Lo proclamará en el colmo de su admiración de alabanza y gratitud: “… porque miró la pequeñez de su servidora… porque el Todopoderoso hizo en mí grandes cosas…”

Cómo necesitamos reconocer cada uno de nosotros nuestra pequeñez… para poder ser testigos, también, de esas cosas grandes que el Omnipotente quiere hacer en medio de nosotros…

La Virgen Madre caminó bajo la luz de la fe, es decir, en una docilidad obediencial a lo que Dios le iba revelando y la implicaba, de este modo, en las gestas salvadoras de la humanidad. Vivió de la fe, con esa luz suficiente para estar de pie y sin temores en las largas noches de la vida…

Contemplamos a María como la mujer que transitó el camino de la hospitalidad, del “dar lugar”… a Dios primeramente, para que Él pueda tenerla y ocuparse de ella, para que Él realice en su pequeñez las maravillas que las generaciones futuras seguirán proclamando con admiración. Dar lugar y cabida a que Dios le construya su felicidad y la agracie con su mirada llena de misericordia… También nosotros deberíamos entrar en ese camino de la hospitalidad para que Dios pueda meterse hasta en las entrañas de nuestra mismidad y hacer su obra que es más perfecta que la nuestra…

La que supo tener lugar para Dios, cómo no sabrá tener lugar para los demás… Ella deja que su historia se cruce con la historia de su pueblo y de su familia. Por eso sale apurada a servir… La Virgen sabe que hay que esperar y cuidar la Obra de Dios haciendo el bien a los demás…

No hay tiempo para la autocomplacencia narcisista, el apuro es la urgencia de llevar a los otros el fuego del amor que a Ella le quema el corazón y la entraña… por eso sube como peregrina portadora del Evangelio hecho carne de su carne…

Contemplamos a este Dios amoroso hecho Niño en el seno de la Virgen, que se deja llevar por la Madre… Es Dios que ya empieza a peregrinar y a caminar por los pueblos… Es Dios que llevado por la Madre y más tarde por sus apóstoles… quiere entrar en los hogares para bendecirlos con la paz.

La Virgen de la Visitación es la estampa de la Bendita entre todas las mujeres que desparrama la bendición a su paso… en palabras, en acciones, en presencia… Y con la Virgen Madre llegará la unción del Espíritu Santo y el gozo del alma, así como lo experimentó Isabel en la cercanía de María, “la Madre de mi Señor”, y el mismo Juan que empezó a brincar de júbilo cuando sintió la visita del Señor que llevaba la Madre en el tabernáculo de su vientre.

P. Claudio Bert.

Delante del Buen Amor de María. Bibliografía del p. Bert

“Gloriosa Madre de Dios, ¿volveré alguna vez a desconfiar de ti o de tu Dios, ante Cuyo trono eres irresistible intercesora? ¿Apartaré alguna vez mis ojos de tus manos, de tu rostro o de tus ojos? ¿Miraré alguna vez a otra parte que no sea rostro de tu amor, para hallar consejo auténtico y veraz y conocer mi camino todos los días y en todos los momentos de mi vida?

Trata como me has tratado a mí, Señora, a todos los millones de hermanas y hermanos míos que viven en la misma miseria que yo he conocido. Guíalos aunque no quieran y ejerce sobre ellos tu enorme influencia, oh Santa Reina de las Almas y Refugio de los Pecadores.

Llévalos a tu Cristo del mismo modo que me llevaste a mí. Illos tuos misericordes oculos ad nos converte, et Jesum, benedictum fructum ventris tui, nobis Ostende: “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”.

Muéstranos a tu Cristo, Señora, después de nuestro destierro, sí; pero muéstranoslo también aquí y ahora, mientras aún somos peregrinos”.

THOMAS MERTON, Diálogos con el silencio

El desprecio de las críticas y las calumnias. Bibliografía

“Nada se hace en este mundo sin que protesten los espíritus estrechos y malévolos; y de todo, aun de las mejores cosas, sacan inconvenientes cuando quieren murmurar”

“Creedme, mi querida hija, el honor de las personas de bien está en las manos de Dios, que algunas veces permite sea atacado, para ejercitarnos en la paciencia, pero nunca lo deja caído en tierra sino que lo levanta enseguida”

San Francisco de Sales

El agua viva del Espíritu Santo. Bibliografía del p. Bert

El agua que yo le dé se convertirá en él en manantial de agua viva, que brota para comunicar vida eterna. Se nos habla aquí de un nuevo género de agua, un agua viva y que brota; pero que brota sólo sobre los que son dignos de ella. Mas, ¿por qué el Señor da el nombre de agua a la gracia del Espíritu? Porque el agua es condición necesaria para la pervivencia de todas las cosas, porque el agua es el origen de las plantas de los seres vivos, porque el agua de la lluvia baja del cielo, porque, deslizándose en un curso siempre igual, produce efectos diferentes. Diversa es, en efecto, su virtualidad en una palmera o en una vid, aunque en todos es ella quien lo hace todo; ella es siempre la misma, en cualquiera de sus manifestaciones, pues la lluvia, aunque cae siempre del mismo modo, se acomoda a la estructura de los seres que la reciben, dando a cada uno de ellos lo que necesitan.

De manera semejante, el Espíritu Santo, siendo uno solo y siempre el mismo e indivisible, reparte a cada uno sus gracias según su beneplácito. Y, del mismo modo que el árbol seco, al recibir el agua, germina, así también el alma pecadora, al recibir del Espíritu Santo el don del arrepentimiento, produce frutos de justicia. Siendo él, pues, siempre igual y el mismo, produce diversos efectos, según el beneplácito de Dios y en el nombre de Cristo.

En efecto, se sirve de la lengua de uno para comunicar la sabiduría; a otro le ilumina la mente con el don de profecía; a éste le da el poder de ahuyentar los demonios; a aquél le concede el don de interpretar las Escrituras. A uno lo confirma en la temperancia; a otro lo instruye en lo pertinente a la misericordia; a éste le enseña a ayunar y a soportar el esfuerzo de la vida ascética; a aquél a despreciar las cosas corporales; a otro más lo hace apto para el martirio. Así, se manifiesta diverso en cada uno, permaneciendo él siempre igual en sí mismo, tal como está escrito: A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad.

Su actuación en el alma es suave y apacible, su experiencia es agradable y placentera y su yugo es levísimo. Su venida va precedida de los rayos brillantes de su luz y de su ciencia. Viene con la bondad de genuino protector; pues viene a salvar, a curar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer lugar, la mente del que lo recibe y, después, por las obras de éste, la mente de los demás.

Y, del mismo modo que el que se hallaba en tinieblas, al salir el sol, recibe su luz en los ojos del cuerpo y contempla con toda claridad lo que antes no veía, así también al que es hallado digno del don del Espíritu Santo se le ilumina el alma, y levantado por encima de su razón natural, ve lo que antes ignoraba.

(*) De las catequesis de San Cirilo de Jerusalén, obispo. Catequesis 16: Sobre el Espíritu Santo.

La Ascensión del Señor.


“La Ascensión de Cristo es nuestra propia elevación. La esperanza de su Cuerpo, que es la Iglesia, se ve transportada a lo alto, donde la gloria de su Cabeza ya la ha precedido. ¡Exultemos, pues, mis bienamados, dando lealmente gracias con digno gozo y dicha plena! Porque hoy no sólo hemos sido confirmados como poseedores del Paraíso, sino que también penetramos en Cristo las alturas celestiales, conquistando, por Su don inefable, bienes aun mayores que aquellos que habíamos perdido por la malicia del demonio.”
Las palabras inmortales de San León Magno son al mismo tiempo eco y cuño de la voz de la Iglesia que contempla nuevamente con arrobo cada año la Ascensión del Señor Jesucristo al seno del Padre; las reencontramos en el Prefacio de la solemnidad.
La triunfal subida del Mesías glorioso es el extremo perfectamente complementario de su carrera de anonadamiento, desde la luz inmortal de la Trinidad al vientre limpio y puro de María siempre Virgen donde se revistió de nuestra carne como el sacerdote toma sobre sí los ornamentos litúrgicos y sube al altar del Sacrificio. Pero también el altar es el lugar de la exaltación máxima, donde impera la presencia de la Divinidad. Tanto sube la gloria del Hijo único, podríamos decir, cuanto se abajó para redimir una multitud de hijos. Y tanta es la gloria de la Resurrección que compartimos con Él, cuanta fue la humillación que por nosotros aceptó, hasta consumir el cáliz amargo de su Pasión y Muerte en cruz. La muerte era nuestra, y justamente infligida y padecida. Él puso su Carne, derramó su Sangre y nos dio consumadamente su Vida eterna que ya compartía con el Padre y el Espíritu. De este modo, a más plena sea nuestra fe al proclamar el misterio de la Ascensión, más profundamente enraizará en nosotros, por obra del Espíritu Santo, la salvación en que creemos: el rescate del hombre íntegro, cuerpo, psiquis y espíritu.
La Ascensión ha sido por siglos y siglos una fiesta mayor de la cristiandad. La coplilla popular castellana la incluye en un trío festivo:
_Hay tres jueves en el año,_
_que brillan aun más que el sol:_
_Jueves Santo, Corpus Christi_
_y el día de la Ascensión._
Un nada convincente argumento, así llamado, “pastoral” ha trasladado su celebración litúrgica, al parecer definitivamente, al domingo siguiente al jueves en que se cumplen los cuarenta días de permanencia del Resucitado en este suelo, de acuerdo al testimonio sin error de la Sagrada Escritura y la Tradición (Hechos 1:3).
Los fieles, es cierto, encuentran dificultades a veces insalvables, que entonces los dispensan, para observar el calendario y los preceptos; no pasa lo mismo con la Iglesia de Dios, que no debe modificar su servicios sagrados según los vientos caprichosamente maliciosos del mundo. Correr detrás del rebaño en estampida no es la misión del pastor, sino reunirlo por la persuasión de su fiel y serena presencia y de su segura conducción. Con la innovación no sólo se ha destruido una parte sustancial de la arquitectura exquisita del culto y el sacramento de la cincuentena pascual, sino que, minando la probadísima capacidad docente de la liturgia, se daña la fe de los creyentes al manchar una vez más el ya demasiado deformado espejo de la Iglesia oficial.
Celebremos, pues, llenos de alegría contemplando al Señor subir, cuarenta días después de resurgir para siempre victorioso de entre los muertos, allá adonde nos llevará un día por nuestra perseverancia y las oraciones de su Madre, cuando Él vuelva para ser todo en todos.

P. Ricardo Isaguirre. (Sacerdote colaborador de la OPSME)

Misterio de la Ascensión del Señor. Bibliografía del P. Fundador Pbro. C. Bert

Hoy celebramos el Misterio de la Ascensión del Señor. Una escena que fácilmente podríamos montar en nuestra piadosa imaginación, haciendo esa composición de lugar a partir de los elementos que nos narra san Lucas.

the_ascension_of_jesus_mosaEl Hijo amado regresa a la casa paterna y recibe el abrazo de gloria con el que su Padre lo enviste, sentándolo definitivamente a su derecha. Por el gran amor que Dios tiene hacia los hombres, el Hijo se encarnó y entrañó en la historia  de esos hombres.  Y por ese amor grande ahora el Hijo asciende a la diestra del Padre para recibir esa corona de amor que la humanidad no quiso darle,  convirtiéndola, sí, en una corona de espinas…  Sólo desde el amor inexpresable que Dios tiene se puede entender ese descender tan abajo y el subir tan alto; bajando sin por ello dejar a su PADRE, y subiendo sin por ello desprenderse de los HOMBRES…

Contemplamos este misterio de la ascensión del Señor, que vuelto hacia su Padre nos deja su Espíritu y la promesa cumplida de que Él estará con nosotros hasta el fin del mundo. Pues, como refiere un autor, “uno no está donde está sino donde ama”. Por amor Cristo asciende a lo más alto de los cielos y por amor sigue permaneciendo junto a los hombres; ya no en la visibilidad del cuerpo glorioso sino en la permanencia irrefutable de su Espíritu derramado en nuestros corazones.

La fiesta que celebramos no es sólo fiesta del Señor, es fiesta de la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Fiesta que nos trae la seguridad de que nuestra carne, en la carne de Jesús, ha llegado a la gloria. Fiesta de esperanza porque las puertas del Cielo han quedado abiertas y el Señor se encarga de hacernos un lugar para que moremos allí donde Él mora y sigue intercediendo por sus muchos hermanos. “En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes” (Jn 14, 2-3).

Los apóstoles se habían familiarizado con esos encuentros pascuales que el Resucitado les dispensó durante los 40 días que siguieron a la Pascua… y tendrán que abrirse a esta nueva exigencia del Señor y acatar su palabra: “Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”.  Es Cristo el que sube, pero su Iglesia, sus apóstoles han de permanecer en los valles de este mundo. Comienza la hora de la Iglesia que es la misión y el testimonio: “ustedes son testigos de todo esto”.

Hay una lección que debiéramos registrar en este mandato del Señor: ese quedarse en la ciudad entraña rechazar el asedio de la tentación de la huída, de la fuga. El hombre siempre experimenta esta tentación: la vida tiene sus nudos de conflicto que no siempre se resuelven fácilmente, y entonces nos cansamos y queremos corrernos del problema. Cuántas veces se nos escapa aquella frase: “me quiero ir…” Los apóstoles quizá deseaban que el Señor les tomase de la mano y se los llevara en aquel vuelo que lo escondió definitivamente en el seno del Padre… Sin embargo, todavía tenían que permanecer agarrados con los pies al suelo de la ciudad. Y aquí está el desafío que a todo creyente se le presenta como una interpelación: los ojos fijos en el Cielo y los pies sobre las pisadas de Jesús que dejaron huellas imborrables por estas riberas del mundo…

Ciertamente, que una vida en estas condiciones genera tensiones. Son las tensiones necesarias de tener el corazón anclado en el Cielo de Jesús y las manos curtidas por la aspereza de una siembra constante en los campos que nos fueron asignados. Es la tensión de la fe y del amor, como la cuerda que si no tiene la necesaria tirantez no dará dejará oír la armonía de su tono musical.

Por eso el Señor mientras subía al Cielo, nos recuerda el evangelista, “elevando sus manos los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo”. El último gesto que nos deja el Salvador son sus manos abiertas y la bendición. Él quiso ser una bendición para todos aquellos que lo conocieron, que escucharon sus enseñanzas, aún para aquellos que le escupieron el rostro y le azotaron sus espaldas… Pasó su vida haciendo el bien, pasó como bendición entre nosotros…

No podemos olvidar este gesto de Jesús: todos hemos sido bendecidos, nadie quedó al margen de esa copiosa bendición sacerdotal del Señor. Y se me ocurre pensar, al hilo de estas consideraciones, que todos debiéramos ser “bendición” para la humanidad, para ese mundo pequeño y grande que habitamos… Poder dejar este mundo con  palabras y gestos que prolonguen esa bendición de Jesús para nuestros hermanos.

P. Claudio Bert