Pentecostés y Retiro.

“Lo primero que conviene para que el Espíritu Santo venga a nuestras almas,
es que sintamos gran necesidad de Él y que creamos que puede hacer mucho bien en nuestros corazones.
Por desconsolada que esté el alma, basta Él para consolarla;
por pobre que esté, para enriquecerla;
por tibia que esté, para encenderla;
por indevota que esté, para inflamarla en ardentísima devoción”

San Juan de Ávila, del Sermón sobre el Espíritu Santo

La Servidores de la Obra Pequeños Servidores de la Misericordia Eucarística, realizarán el retiro de Pentecostés el día domingo, en la localidad de Villa Elisa, partido de La Plata, durante todo el día domingo, festejando así, la llegada del Espíritu Santo, considerando lo grande e importante del gran encuentro del alma y espíritu del servidor con el Señor.

 

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Secuencia de Pentecostés. Bibliografía

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre,
don en tus dones espléndido,
luz que penetra las almas,
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

Asciende el Señor, desciende su Espíritu. Bibliografía

Los últimos días del Tiempo Pascual quedan como enmarcados entre estas dos grandes celebraciones: la Ascensión del Señor y Pentecostés. Hoy, lunes, siento que la Palabra de Dios sigue abriéndonos el oído interior e invitándonos a esa escucha atenta, cordial, reflexiva y comprometida; ese escuchar que- al decir del apóstol Santiago- no se contenta sólo con oír la Palabra sino además, ponerla en práctica (cfr. St 1, 22). El Misterio de la Ascensión del Señor al cielo habrá de acompañarnos estos días, y ojalá no lo mandemos enseguida a alguna “carpeta” de nuestro escritorio.

Cuando alguien ha tenido la oportunidad de subir a la terraza de un edificio alto, o estar en la cima de algún cerro, ha podido gozar de una panorámica distinta a la habitual. Las cosas, las personas, la ciudad… son captadas desde otra perspectiva y tienen una dimensión nueva. La Fiesta de la Ascensión nos invita a subir la mirada, a levantar el corazón – que no siempre levantamos, más allá de lo que decimos en la liturgia de la Misa: “levantemos el corazón, lo tenemos levantado hacia el Señor”- hacia este Cielo donde entra majestuoso el Resucitado.

Los apóstoles permanecieron con la mirada extasiada en este subir de Jesús que lentamente desaparecía de su vista, hasta que dos ángeles les hacen volver a la realidad de la tierra: “Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo?” Mirar al cielo no es estar en las nubes; las nubes son las nubes y el Cielo es el Cielo. Los ojos alzados hacia el cielo son la metáfora más hermosa del hombre que no logra encontrar, en los rincones del mundo material, nada que pueda mecer de paz y bonanza su alma y su vida. Mirar al Cielo es mirar a Dios, a Jesucristo, es mirar a la Santísima Virgen y es mirar a los Santos… No es mirar arriba porque sí, mientras el techo de tu casa se te viene encima. Es la mirada al Absoluto de Dios, el único fundamento y sostén en que se puede cimentar cuanto es y será. Si los hombres levantaran un poquito más la vista, tal vez encontrarían eso que no encuentran por ninguna parte. “Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra” (Cól. 3, 1-2)

Si nos preguntan a nosotros por qué seguimos mirando al Cielo, ¿qué responderemos? No encontramos la salida si nos pasamos la vida mirándonos solamente entre nosotros. Sabemos que el Señor ha prometido quedarse junto a nosotros hasta el final, no estamos huérfanos de Dios; al contrario, su Presencia nos interpela en los caminos de Emaús de nuestras idas y vueltas; pero nada de esto nos exime de seguir mirando al Cielo, donde mora la plenitud del Misterio y el hogar donde anhelamos regresar luego de las fatigas de tantos días…

Jesús entra definitivamente en la Jerusalén de arriba: es su regreso a la Casa paterna. Pero dejó unas consignas muy claras para sus apóstoles que los textos bíblicos de esta Solemnidad nos han recordado. “En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos [los apóstoles], les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre”. Jesús se aleja, se marcha visiblemente de la tierra; sin embargo, los apóstoles deberán permanecer en el centro del mundo, para secundar la acción del Espíritu Santo que los sumergirá en breve tiempo en la misma obra que consumó Jesús con su Muerte y Resurrección. “Permanecer en Jerusalén” significa ese saber estar allí donde Dios nos ha mandado: en los cruces de caminos, en el centro, en los laterales, en ese espacio desde el cual nosotros nos hacemos solidarios de la misión de Cristo, y por ende, constructores del Reino de Dios, que tiene la fuerza del grano de mostaza que va creciendo lentamente sin que sepamos cómo (cfr. Mt 13, 31-32).

Permanecer en Jerusalén para cumplir el mandato que ha dejado el Maestro: anunciar la Buena Noticia a la creación entera, bautizar, aliviar a los que sufren males, sanar. Comienza la gran misión de la Iglesia, los discípulos habían tenido experiencia de algunas jornadas de misión en tiempos de Jesús, mas ahora no pueden restringir la tarea a unas horas del día, la misión es la misma vida de la Iglesia, es su identidad más profunda. Entre el Cielo y la tierra está la Iglesia, navegando mar adentro en el océano del amor divino de su Señor y echando redes de misericordia para la llevar más invitados al Banquete.

“No, yo no dejo la tierra.
No, yo no olvido a los hombres.
Aquí, yo he dejado la guerra;
arriba, están vuestros nombres”

Padre CLAUDIO BERT