Cuidado y atención de enfermos.

El hermano enfermo no sólo tiene el derecho del cuidado físico en su enfermedad,  tiene el derecho del cuidado y atención física y espiritual. En efecto, un gran gesto de amor, una actitud de caridad, algo importante que podemos hacer por un ser querido, o un hermano enfermo, es, asistirlo en su enfermedad y ayudarle con nuestras oraciones y cuidados espirituales.

En nuestra vida terrena, estamos expuestos a que nos sucedan cosas como algunas enfermedades imprevistas y tenemos que padecer y en algunas ocasiones debemos operarnos, si estas salen bien, alegrémonos y demos gracias a Dios, pero sabemos que no siempre es así, si éstas salen mal, alegrémonos por esta oportunidad de ofrecer al Señor, la oportunidad de ayudarle con la dulce carga de la Cruz de Jesús.

La vida y la salud física son bienes preciosos confiados por Dios, razón importante para cuidar a los enfermos, teniendo en cuenta sus necesidades y la de los demás y el bien común.

Nosotras religiosas de la Obra Pequeños Servidores de la Misericordia Eucarística, cuidamos y atendemos los hermanos enfermos, siguiendo y viviendo el carisma de nuestro Padre Fundador, El Pbro Claudio Bert, lo realizamos piadosamente acompañándolos, cuidándolos, y rezando junto a el. 

el teléfono de nuestra Obra es 1165343633   1154234349

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Maria, Mater Ecclesiae, ora pro nobis. Bibliografía

De los sermones de San Elredo, abad
Sermón 20, En la Natividad de la Virgen María: PL 195, 322-324

“Acudamos a la que es su esposa, su madre, su perfecta esclava. Todo esto es María.Pero, ¿qué haremos en su presencia? ¿Qué presentes le ofreceremos? ¡Ojalá pudiéramos, por lo menos, devolverle lo que le debemos en justicia! Le debemos honor, servicio, amor, alabanza. Le debemos honor, porque es Madre de Nuestro Señor. Pues el que no honra a la madre, sin duda deshonra al hijo. Y la Escritura dice: Honra a tu padre y a tu madre.

 ¿Qué más diremos, hermanos? ¿No es ella nuestra madre? Ciertamente, hermanos, es realmente nuestra madre, ya que por ella hemos nacido, no para el mundo, sino para Dios.

Nos hallábamos todos, como creéis y sabéis,  en la muerte, en la caducidad, en las tinieblas, en la miseria. En la muerte, porque habíamos perdido al Señor; en la caducidad, porque estábamos sometidos a la corrupción; en las tinieblas, porque habíamos perdido la luz de la sabiduría, y así estábamos totalmente perdidos.

Mas, por María hemos nacido mucho mejor que por Eva, por el hecho de haber nacido de ella Cristo. En vez de la caducidad hemos recobrado la novedad, en vez de la corrupción la incorrupción, en vez de las tinieblas la luz.

Ella es madre nuestra, madre de nuestra vida, de nuestra incorrupción, de nuestra luz. Dice el Apóstol, refiriéndose a nuestro Señor: Dios lo ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención.

Ella, pues, por ser Madre de Cristo, es madre de nuestra sabiduría, de nuestra justicia, de nuestra santificación, de nuestra redención. Por ello es más madre nuestra que la misma madre carnal, ya que nuestro nacimiento de ella es superior; de ella, en efecto, procede nuestra santidad, nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención.

Dice la Escritura: Alabad a Dios por sus santos. Si hemos de alabar a nuestro Señor por sus santos, a través de los cuales realiza portentos y milagros, ¡cuánto más no hemos de alabarlo por aquella en la cual se hizo a sí mismo aquél que es admirable sobre todo lo admirable!”

 

 En la memoria de “María, Madre de la Iglesia”, los invito a orar con el Prefacio de su memoria, que encierra en la austeridad de la plegaria litúrgica, el fundamento de esta proclamación feliz que ha hecho la misma Iglesia, al contemplarla a Ella como su misma Madre.

“En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, y glorificarte como es debido en esta celebración de la Virgen María.

 Ella, al aceptar tu Palabra con su corazón inmaculado, mereció concebirla en su seno virginal y, al dar a luz a su propio Creador, preparó el nacimiento de la Iglesia.

 Ella, aceptando junto a la cruz el testamento del amor divino, adoptó como hijos a todos los hombres nacidos a la vida sobrenatural por la muerte de Cristo.

 Ella, unida a los Apóstoles en espera del Espíritu Santo prometido, asoció su oración a la de los discípulos y se convirtió en modelo de la Iglesia orante.

 Elevada a la gloria de los cielos, acompaña a la Iglesia peregrina con amor maternal, y con bondad protege sus pasos hacia la patria del cielo, hasta que llegue el día glorioso del Señor.

 Por eso, con todos los ángeles y santos, te alabamos cantando sin cesar…Santo, Santo, Santo…”