Dolor. Perdón. Amor

El dolor que todos cargamos por alguna lesión recibida, puede ser como una herida abierta que se va ulcerando con terrible infección a través de los años. Muchos de nosotros andamos cargando con rencores y culpabilidades, y nunca nos atrevemos a afrontar la situación interiormente. Casi nunca perdonamos y raramente olvidamos; y sin embargo rezamos a Dios que nos perdone como perdonamos a los demás. Aunque la persona que nos ha herido no tenga remordimientos, aquel que va guardando rencor es el que está destinado a vivir en cadenas.

La única forma de romper estas cadenas y de liberarnos, es olvidándonos del enojo que sentimos y pidiendo a Dios la gracia del perdón.
A veces se requiere del apoyo de una comunidad Cristiana, que nos ayude a desatar las envolturas que nos atan para perdonar a los demás. Somos como Lázaro resucitado de entre los muertos, ¡vivos! Pero aún necesitando la ayuda de aquellos que nos rodean para liberarnos y quitarnos las vendas y ser verdaderamente libres. El sistema de apoyo que un grupo amoros de Cristianos comprometidos nos puede dar, nos ayudará a continuar en el camino del bien. Santa Faustina escribió: “Nos parecemos más a Dios cuando perdonamos al prójimo” (Diario 1148)

¡Perdonar es mucho más que simplemente evitar el confrontarnos con aquellos que nos han lastimado! Puede que no sea muy inteligente el restablecer una relación con alguien que nos haya lastimado seriamente, pues tal vez sería exponerse a mayor daño o abuso. Aún cuando tengas que mantenerte lejos de la persona que te ha herido, debes olvidarte del enojo o del rencor y perdonar.

La Escritura es muy clara en cuanto a que, así como nuestro Padre Celestial nos ama, debemos amar a los demás. El amor no es una emoción, sino una decisión. “…Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan” (Mt 5,44)

Nuestros “enemigos” casi nunca son aquellos que están en tierras lejanas; sino frecuentemente son los miembros de nuestra propia familia y compañeros de trabajo quienes nos irritan y nos frustran y nos causan muchas molestias.

Perdonar es más sencillo si podemos evitar hacer juicios. No debemos ser como los Fariseos, quienes veían serias faltas en los demás pero no en sí mismos. ¡Si tan sólo pudiésemos ser tan estrictos con nosotros mismos, como lo somos con los demás! Todos estamos para criticar, condenar y juzgar. Y sin embargo, con qué facilidad pasamos por alto nuestras propias debilidades racionalizando nuestra conducta y defectos. “¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu ojo?” (Mt 7,3). Reflexiona en el pasaje: “El que se venga, sufrirá venganza del Señor, que cuenta exacta llevará de sus pecados. Perdona a tu prójimo en el agravio, y en cuanto lo pidas, te serán perdonados tus pecados. Hombre que a hombre guarda ira, ¿cómo del Señor espera curación? De un hombre como él piedad no tiene, ¡y pide perdón por sus propios pecados!” (Sir. 28,1-4)

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Escuchemos a la Virgen ! Bibliografía

 

 

Los sacerdotes son quienes mejor pueden promover el rosario: “Qué felicidad la del sacerdote y director de almas a quien el Espíritu Santo haya revelado este secreto, desconocido de la mayoría de los hombres o sólo conocido superficialmente por ellos. No nos contentemos pues, queridos hermanos, con recomendar a los demás el rezo del rosario. Tenemos que rezarlo nosotros mismos”

Eucaristía y Responsabilidad. Bibliografía


“Comenzamos cada una de nuestras eucaristías suplicando la misericordia de Dios. Probablemente, no hay en la historia del cristianismo otra oración más frecuente e íntimamente repetida como la súplica Señor ten piedad… Es el grito del pueblo de Dios, el clamor de todos los contritos de corazón.

Pero sólo es posible articular este grito cuando estamos dispuestos a confesar que de algún modo nosotros mismos tenemos algo que ver con nuestras pérdidas. Pedir misericordia significa reconocer que el culpar de nuestras pérdidas a Dios, al mundo o a los demás no responde plenamente a lo que de verdad somos…

Celebrar la eucaristía exige de nosotros vivir en este mundo aceptando nuestra corresponsabilidad por el mal que nos rodea y que nos invade. Mientras sigamos empeñados en quejarnos de los difíciles tiempos que nos ha tocado vivir, de las terribles situaciones que tenemos que aguantar y del insoportable destino que hemos de afrontar, jamás podremos llegar a la contrición, que sólo puede proceder de un corazón contrito. Cuando nuestras pérdidas son mero fruto del destino, nuestras ganancias son mero producto de la suerte. El destino no conduce a la contrición, ni la suerte al agradecimiento.

De hecho, tanto nuestros conflictos personales como los conflictos a escala regional, nacional o mundial son nuestros conflictos, y sólo podemos superarlos reivindicando nuestra responsabilidad respecto de ellos y optando por una vida de perdón, de paz y de amor”.