San Alfonso María de Ligorio. Dr de la Iglesia . 1 de agosto.

Amado Redentor y Señor mío Jesucristo, yo indigno siervo tuyo, sabiendo el placer que te proporciona quien trata de glorificar a tu Madre santísima, a la que tanto amas y tanto deseas ver amada y honrada por todos, he pensado publicar este libro mío que habla de sus glorias. Y pues con tanto afán tomas la gloria de esta Madre, a nadie más digno que a ti puedo dedicarlo.

Te lo dedico y encomiendo. Recibe este mi pequeño obsequio, muestra del amor que te tengo a ti y a esta tu amada Madre. Protégelo haciendo llover luces de confianza y llamaradas de amor por esta Virgen inmaculada sobre aquellos que lo lean, ya que a ella la has constituido esperanza y refugio de todos los redimidos. Y en premio de este humilde trabajo, concédeme, te ruego, tanto amor a María cuanto he deseado encender en los corazones de quienes lo leyeren. Y ahora me dirijo a ti, dulcísima Señora y Madre mía María.

 

Bien sabes que después de Jesús, en ti tengo puesta toda mi esperanza de mi eterna salvación; porque reconozco que todas las gracias de que Dios me ha colmado, como mi conversión, mi vocación a dejar el mundo y todas las demás gracias las he recibido de Dios por tu medio. Y sabes que yo, por verte amada de todos como lo mereces y por darte muestras de gratitud por tantos beneficios como me has otorgado, he procurado predicar siempre e inculcar a todos, en público y en privado, tu dulce y saludable devoción.

 

Yo espero seguir así hasta el último instante de mi vida; pero mi avanzada edad y mi quebrantada salud me dicen que voy acercándome al fin de mi peregrinación y a mi entrada en la eternidad. Por esto he pensado, antes de morir, dejar al mundo mi libro, a fin de que prosiga en lugar mío predicándote y animando a otros a publicar tus glorias y el gran amor que usas con tus devotos. Espero, amada Reina mía, que este sencillo obsequio, aunque bien poca cosa para lo que tú mereces, sea agradable a tu agradecido corazón, porque todo él es ofrenda de amor.

Extiende sobre él tu mano, con la que me has librado del mundo y del infierno, acéptalo y protégelo como propiedad tuya. Aspiro a que me recompenses por este humilde obsequio así: que yo te ame de hoy en adelante cada día mejor y que cada uno de los que tengan esta obra en sus manos quede inflamado en tu amor, se acreciente en ellos el deseo de amarte y de verte amada de todos y se dediquen con todo fervor a predicar y promover cuanto más puedan tus alabanzas y la confianza en tu poderosísima intercesión. Así lo espero, así sea.

Tu amantísimo, aunque indigno siervo, Alfonso de Ligorio del Santísimo Redentor

Dios no me escucha!

(Texto de San Claudio de la Colombiere)

Es extraño que habiéndose comprometido Jesucristo tan a menudo y tan solemnemente a atender todos nuestros votos, la mayor parte de los cristianos se quejan todos los días de no ser escuchados. Pues, no se puede atribuir la esterilidad de nuestras oraciones a la naturaleza de los bienes que pedimos, ya que no ha exceptuado nada en sus promesas: Omnia quacumque orantes petitis credite quia accipietis. Tampoco se puede atribuir esta esterilidad a la indignidad de los que piden, pues lo ha prometido a toda clase de personas sin excepción: Omnis qui petit accipit. ¿De dónde puede venir que tantas oraciones nuestras sean rechazadas? ¿Quizás no se deba a que como la mayor parte de los hombres son igualmente insaciables e impacientes en sus deseos, hacen demandas tan excesivas o con tanta urgencia que cansan, que desagradan al Señor o por su indiscreción o por su importunidad? No, no; la única razón por la que obtenemos tan poco de Dios es porque le pedimos demasiado poco y con poca insistencia.

Es cierto que Jesucristo nos ha prometido de parte de su Padre, concedernos todo, incluso las cosas más pequeñas; pero nos ha prescrito observar un orden en todo lo que pedimos y, sin la observancia de esta regla, en vano esperaremos obtener nada. En San Mateo se nos ha dicho: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura: Quaerite primum regnum Dei, et haec omnia adicientur vobis.

 

 

Solo Dios puede mover las almas rumbo a la perfección.


Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado; y yo le resucitaré en el último día..
Esta frase tan sencilla contiene un valioso principio teológico que debe guiar la actividad pastoral de los sacerdotes, como también al apostolado de los laicos : todo bien que podamos hacer se origina en una iniciativa de Dios.
A menudo en nuestra actividad creemos haber hecho grandes cosas, formulado ideas acertadas, hablado de manera atractiva, escrito palabras sublimes… Todo viene de Dios… ¿Nuestra acción obtuvo resultados? ¿Hubo almas que se enfervorizaron, cambiaron de vida, abandonaron la senda del pecado ? Fue la gracia de Dios que actuó en ellas y las movió a aceptar bien lo que se haya dicho o hecho.
Nuestro Señor emplea el término “nadie “sin excepciones. “ Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre”. El propio Jesús, el Hombre – Dios, poseedor de todo poder, nos brinda un divino ejemplo de humildad, atribuyendo al Padre la iniciativa del bien que realiza. Hasta en nuestra vida espiritual, cualquier movimiento de nuestra lama rumbo a la perfección se debe a una acción de la gracia. Siempre es Dios quien toma la iniciativa de atraernos.
¿Y por qué el Padre es quien atrae el alma y el Hijo quien resucita el cuerpo el último día? San Juan Crisóstomo despeja la cuestión: “El Padre atrae, pero Él ( Jesús ) resucita. No porque separe sus obres de las del Padre – ¡cómo podría ser! – sino porque así demuestra que el poder de ambos es igual…”

Benedicto XVI. Saber acoger nuevas comunidades….

 

SABER ACOGER A LOS MOVIMIENTOS ECLESIALES Y LAS NUEVAS COMUNIDADES

El Papa emérito, Benedicto XVI, en oportunidad del inicio del Año sacerdotal, (2009), luego de hacer memoria del Santo Cura de Ars, como modelo de sacerdocio, manifestaba lo siguiente: “En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos Eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente. El Espíritu es multiforme en sus dones. (…) Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas (…); Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo…

Sí este propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum ordinis :” Examinando los espíritus para ver si son de Dios, ( los presbíteros) han de descubrir mediante el sentido de la fe, los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño “ Dichos dones, que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados y carismas, “puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo “.

De los Heraldos del Evangelio