Mi ángel marchará delante de ti

“He aquí que yo enviaré a un ángel por delante de ti, para que te defienda en el camino y te haga llegar hasta al lugar que te he preparado. Préstale atención y escucha su voz, no te resistas a él, porque no perdonará vuestras rebeliones y porque lleva mi nombre; pero si escuchas su voz y haces cuanto yo diga, seré enemigo de tus enemigos y oprimiré a tus opresores, pues mi ángel marchará delante de ti…”
(Ex. 23, 20-30)

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 “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria con todos sus ángeles…” (Mt 25, 31). Son suyos por vía de creación. Al principio, antes de que el hombre apareciera, antes de que el universo fuera habitable, fueron por Él suscitados de la nada: “En Él fueron creadas todas las cosas en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades, todo fue creado por Él y en atención a Él” (Col 1, 16). Pero después serán sus ángeles por un nuevo título, que nos toca de cerca, cuando el Hijo único, que está en el seno del Padre, habiendo decidido abajarse hasta hacerse el Hijo del hombre, hará de ellos los heraldos de su designio de redención. “¿No son todos ellos unos espíritus, que hacen el oficio de servidores, enviados para ejercer su ministerio a favor de los que serán herederos de la salvación?” (Heb 1, 14).

Anuncian este misterio de salvación primero desde lejos, sin poder todavía  sondear su abismo. Bajo la economía de la Ley de la naturaleza son ellos quienes cierran el paraíso terrestre, protegen a Lot, salvan a Agar y a su hijo en el desierto, detienen la mano de Abraham levantada contra su hijo Isaac, etc. Bajo la economía de la Ley mosaica, la Ley misma es comunicada por medio de su ministerio, asisten a Elías, Isaías, Ezequiel, Daniel, etc. Ya al final, es un ángel el que predice a Zacarías el nacimiento del Precursor y quien anuncia a la Virgen de Nazaret “que ha encontrado gracia a los ojos de Dios, y que la virtud del Altísimo la cubrirá con su gloria”.

Los ángeles están entonces a la espera de la Encarnación, pero ¿quién puede expresar su asombro en el instante en el que introduciendo a su Primogénito en el mundo, Dios dice: que todos los ángeles le adoren? (Heb 1, 6) Cuando la Virgen de la Anunciación pronuncia su Fiat hay ciertamente algo nuevo en la tierra y en el desarrollo de la historia humana: poco a poco Isabel, Simeón, los pastores, los magos lo comprenderán. Pero en ese mismo instante el universo entero de los ángeles se iluminó. Cristo brilla en su cielo incomparablemente más que la estrella en el cielo de los magos, y son los ángeles quienes comienzan en la patria, en honor del Verbo encarnado, la acción de gracias que irá repercutiendo a lo largo de los días de nuestro exilio: Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14).

(…) “Y les dijo: en verdad os digo que veréis el cielo abierto y los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (Jn 1, 51). Los exegetas comentan esto muy brevemente. San Agustín meditó mucho sobre el sentido misterioso de estas palabras. Fueron dichas discretamente a Natanael, en quien Jesús acababa de reconocer “un verdadero israelita, un hombre sin doblez” (1, 47). Se necesita un corazón como el de Jacob, a quien el ángel pondrá  por nombre Israel (Gen 32, 29), para comprender el sueño de Betel; se necesita un corazón puro para ver a los ángeles. Pero, como tantas otras palabras de Jesús, éstas se dirigen, más allá de lo oyentes contemporáneos, a la profundidad de los tiempos. Esta es la pregunta de San Agustín: ¿Cómo los ángeles de Dios pueden “subir y bajar sobre el Hijo del Hombre?” Ahora Él reina en lo alto, en el cielo de su gloria, a la derecha del Padre. ¿Cómo puede estar al mismo tiempo abajo, para que los ángeles desciendan sobre Él? Sólo Jesús puede responder a semejante pregunta. Lo ha hecho, dice San Agustín, en el camino a Damasco. De una luz venida del cielo parte la voz: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? “ (Hch 9,4) El mismo Jesús es a la vez el que está arriba y abajo. Está arriba en el cielo para iluminar e interpelar. Está abajo en la tierra para ser perseguido, en su Iglesia, que es su Cuerpo (Ef 1, 23). Entre este arriba y este abajo los ángeles siguen subiendo y bajando hasta el tiempo de la Parusía.

Chales JOURNET

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