Rezamos y meditamos el Santo Rosario

Los Misterios Dolorosos

La agonía en el huerto

Nuestros semejantes sólo pueden ayudarnos cuando las necesidades que experimentamos son humanas. Pero a la hora de nuestra mayor necesidad, algunos nos traicionan y otros duermen. En la verdadera y profunda agonía, debemos implorar a Dios. “Estando en agonía, Jesús oró”. Lo que hasta ese momento parecía una tragedia, se transformó en una abandono a la voluntad del Padre.

La flagelación

Algo más de setecientos años antes, Isaías había profetizado la laceración del sagrado cuerpo de nuestro Señor. “Ahí está despreciado, ajeno a toda estima humana, míseramente doblado, debilitado, ¿cómo reconoceremos su rostro?” Las grandes almas son como las grandes montañas, siempre atraen las tormentas. Sobre sus figuras estallan los truenos y los relámpagos de los malvados para quienes la pureza y la bondad resultan objetables. Para reparar todos los pecados de la carne y anticipando la valentía de tantos mártires que serían vencidos por los comunistas y sus progenitores, Jesús entregó su sagrado cuerpo al látigo hasta “que sus huesos pudieran contarse” y su carne colgó hecha jirones.

La coronación de espinas

El Salvador del mundo es transformado en un títere: el Rey de reyes es burlado por aquellos que no tienen “otro rey que el César”. Las espinas fueron parte de su original paso por la tierra. Incluso la naturaleza se rebeló contra Dios a través de los pecadores. Si Cristo usó una corona de espinas ¿acaso podremos cubrirnos nosotros con una corona de laureles?

La cruz a cuestas

Las cruces que llevamos a cuestas proceden de nuestra propia fabricación; las formamos con nuestros pecados. La cruz que llevó el Salvador no era suya sino nuestra. Un madero oponiéndose al otro, he aquí el símbolo de nuestra voluntad oponiéndose a la suya. Él dijo a las mujeres piadosas que encontró en el camino: “No lloren por mí”. Derramar lágrimas por la muerte del Salvador es lamentarse por la medicina; sin duda, es mucho más inteligente lamentarse por los pecados que causaron esa muerte. Si la Inocencia misma toma la cruz, ¿cómo lamentarnos nosotros de la nuestra, que somos culpables?

La Crucifixión

Una vez clavado en la cruz, fue “alzado para que todos lo vieran”. “Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo”, decían provocándolo. ¡Por supuesto que no! Pero no se trata de debilidad sino de obediencia a la ley del sacrificio. Una madre no puede pensar en sí misma si desea ver crecer a su hijo; la lluvia no puede salvarse a sí misma si desea que el follaje florezca; un soldado no puede salvarse a sí mismo si desea salvar a su país; desde el momento que vino para salvarnos, Cristo tampoco se salvará a sí mismo. ¿Qué corazón podría contener la miseria del hombre si el Hijo de Dios se hubiera salvado a sí mismo del sufrimiento y hubiera dejado que el mundo caiga bajo la ira de Dios?

(*) Fulton J. SHEEN, El primer amor del mundo. María, la Madre de Dios, pp 210-212

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