2 de Noviembre: Conmemoración de los fieles difuntos

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La muerte, soberano misterio de Dios para el hombre, es el supremo acto de amor que Dios nos otorga a nosotros, como hijos; y, en correspondencia, es la última oblación, el acto de amor más puro, de la criatura para con su Creador. Sea la muerte como martirio, sea la muerte como el devenir natural del ser humano, la muerte es eso: misterioso sacramento de la vida, misterioso encuentro del amor de Dios con el amor de la criatura. Hay muerte de “resignación” (no hay más remedio que morir, y me rindo) y muerte de “aceptación”: me entrego a tu voluntad divina en mi muerte.

Por otra parte, la Escritura siempre nos ha hablado de la muerte como de reunión con los que nos han precedido en la misma fe. La muerte nos une a la caravana de creyentes (Hb 11) y de esta caravana pasamos al abrazo divino.

Cuando morimos vamos en ese camino adelante, camino sin retorno, que se adentra en Dios. Y lo que Dios hace al morir nosotros, Él lo sabe. El nos pasa a su corazón, mediante la purificación amorosa que nosotros ignoramos.

 

ORACIÓN:

 

Oh María del Buen Amor, Madre de misericordia: acuérdate de los hijos que tienes en el purgatorio y, presentando nuestros sufragios y tus méritos a tu Hijo, intercede para que les perdone sus deudas y los saque de aquellas tinieblas a la admirable luz de su gloria, donde gocen de tu vista dulcísima y de la de tu Hijo bendito.

Oh glorioso Patriarca San José, intercede juntamente con tu Esposa ante tu Hijo por las almas del purgatorio.

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