FIESTA DE TODOS LOS SANTOS…..

La Fiesta de Todos los Santos junto a la conmemoración de los Fieles Difuntos, son celebraciones que han calado muy hondo en la sensibilidad de los cristianos.

Los santos son de nuestra familia. No fueron necesariamente héroes, sino personas normales…dice el Apocalipsis: “estos son los que vienen de la gran tribulación” (primera lectura de la Misa).

Los santos son “las obras maestras” del Espíritu Santo, y un don para la humanidad. Sus vidas son testimonios ejemplares que nos animan en el camino, y son también intercesores vivos delante de Dios: como reza la Oración colecta de este día: “…te rogamos que, por las súplicas de tantos intercesores, derrames sobre nosotros la ansiada plenitud de tu misericordia”.

La memoria de todos los Santos es ocasión de fiesta para toda la Iglesia. Si recordamos a personas eximias…hacemos bien en recordar a todos los santos: personas que acertaron con el camino de la verdadera sabiduría.

Hoy celebramos a los santos canonizados, conocidos y venerados en la Iglesia, pero también a los no canonizados, los que no aparecen en nuestras listas, pero sí están en las de Dios.

Ellos vivieron para amar y servir, aunque el mundo no los reconoció: “Si el mundo no nos reconoce, es porque no lo ha reconocido a él” (segunda lectura de la Misa). Vivieron para hacer felices a los demás, vivieron contentos de haber creído… ¡Con qué alegría los mirará Jesús eternamente!

Ser feliz es poseer en plenitud aquello que se desea… y el creyente tiene el deseo, la sed profunda de poseer a Dios. Es la experiencia de San Agustín: “…nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”. Esta es la vocación cristiana, la vocación a ser santos.

Digamos que la palabra “santo” fácilmente nos recuerda a señores vestidos con largas túnicas, que llevaron una vida bastante distinta de la de sus contemporáneos y que, en muchos casos, eran obispos, frailes o monjas…

Ser santo lo hemos identificado con ser raro, amargado, o absurdamente sacrificado. Nos cuesta imaginarnos un santo con pantalón vaquero  y una vida tan normal como la nuestra.

San Pablo dirá que la voluntad de Dios es nuestra santificación, que nada tiene que ver con una forma absurda de vida. La santidad es caminar en pos de una plenitud, de una felicidad plena que todo hombre busca, y que para nosotros tiene un rostro y un nombre concreto: Jesucristo, en cuya humanidad habita la plenitud de la divinidad. De allí la insistencia con que el Señor hablaba de “seguimiento a su persona”

 Padre Claudio Bert (1964/2017)

 

¿Para qué sirven los santos?

Los santos son hombres y mujeres llenos de defectos, sin embargo ante los cuales nos es imposible negar la fascinación que nos provocan.

Los santos son personas que a la vez se dejaron fascinar por la presencia de otros santos, pero también de la fascinación que provocaba en sus vidas la vida de otras personas.

Los santos son personas para quienes Jesucristo fue una presencia causa de fascinación, por lo que sus vidas son para nosotros fascinantes.

Para eso sirven los santos, para saber cómo la presencia de Dios es fascinación (tanto la de Juan y Andrés como la de Teresa de Ávila o la de Juan Pablo II) antes que cualquier abstracción o moralismo.

Los santos, por tanto, sirven para conocer de primera mano cómo vivieron en la presencia del Señor a diario, para saber cómo lo descubrieron en cada gesto, acontecimiento o crisis.

Los santos, en resumidas cuentas, nos sirven para saber cómo no reducir la realidad.

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