DÍA DE LOS FIELES DIFUNTOS.

El día de los muertos, de los Fieles Difuntos, el 2 de noviembre, es un día en que los católicos celebran a sus muertos.
Y sucede luego de haber celebrado a los muertos que sabemos que están en el Cielo. O sea la fiesta de Todos los Santos.
En general no sabemos si nuestros muertos están en el Cielo o no.
Y si ya llegaron, es posible que hayan hecho un pasaje por el Purgatorio antes, para entrar limpios e impecables al Cielo.
Pero muchos tienen la duda de que hacer si sus seres queridos aún permanecen en el purgatorio, purificándose.

La Iglesia reza por todas la almas purgantes.

Los que, en el sufrimiento purificador del purgatorio, esperan el día en que se unirán a la compañía de los santos.

No sabemos si nuestros muertos están en el purgatorio o han llegado al cielo, por eso la importancia de orar por ellos.

En virtud de la doctrina consoladora de la comunión de los santos;

de los méritos y oraciones que cada uno de ellos son capaces para ayudar a todos;

la Iglesia es capaz de unirse a su oración en el Cielo y en la Tierra para ayudar a suministrar lo que falta a las almas del purgatorio;  por medio de la misa, las oraciones, las indulgencias y las limosnas y sacrificios de sus hijos.

La base teológica de la fiesta es la consoladora doctrina para las almas, que al partir del cuerpo no están perfectamente limpias de pecados veniales o no han reparado totalmente las transgresiones del pasado.

Ellas son privadas momentáneamente de la Visión Beatífica. Y que el creyente en la tierra puede ayudarles con las oraciones, la limosna y sobre todo por el sacrificio de la Misa.

Por eso es un día especial para tratar el tema del Purgatorio.

Que se define como un lugar intermedio entre el Cielo y la Tierra que la gracia de Dios nos regala para darnos otra oportunidad de llegar al Cielo.

Esta fecha nos recuerda que nosotros podemos hacer muchas cosas para que la estadía de las almas que van al Purgatorio sea lo mas corta posible.

Lo que luego se revertirá directamente sobre nosotros, porque esas almas agradecidas que ayudamos a liberar orarán por nosotros en el Cielo, ya sea mientras estemos en la Tierra o si caemos en el Purgatorio.

En las misas por difuntos con demasiada frecuencia se escucha desde los púlpitos: 

“Él ya no está sufriendo más. 

Ahora él está en un lugar mucho mejor. 

¡Ahora él está en el cielo con el Señor en la gloria!” 

Los curas que expresan estas frases muy probablemente están movidos por la buena voluntad y la mejor de las intenciones.

Pero podrían estar muy lejos de la realidad.

Porque descartan de plano cualquier posibilidad de que hayan ido al purgatorio.

Están negando un dogma de fe de la Iglesia Católica.

Y están desinformando a los fieles, con la posibilidad de que caigan en errores trágicos.

¿Con que perentoriedad los familiares van a rezar por el alma del difunto si el sacerdote les dijo que ya llegó al cielo?

Una de las mentiras que flotan en círculos parroquiales es que todo el mundo va al cielo y al instante.
En otras palabras, simplemente ser un bautizado católico es un pasaporte seguro al cielo.
Y es más, ahora la apertura ha llegado a tal punto que la nueva moda es que ni siquiera parece que el occiso debería estar bautizado para ir al Cielo.
Basta con que sus familiares digan que era una persona buena.Esta mentira que aceptamos sin más, transmite la idea que no existe o no se aplica en ningún caso el estado intermedio de purificación.

El libro de Apocalipsis lo expresa con toda claridad: Jesús reiteró esto en el sermón de la montaña, en una de las bienaventuranzas:

“Bienaventurados los limpios de corazón”, nada impuro puede entrar en el Reino de Dios“ellos verán a Dios”. (Mt. 5, 8)

El punto es este: ninguno de nosotros tiene la autoridad para canonizar extraoficialmente a cualquier persona que ha pasado de esta vida a la otra vida.

Sólo el Papa tiene el derecho de canonizar o declarar que una persona está, sin duda en el cielo.

Dios sin duda “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad”, como dice San Pablo (1 Timoteo  2, 4).
La Santísima Virgen nos recuerda que siempre debemos orar por nuestros fieles difuntos queridos, por su pronta purificación y para que pronto estén en el cielo, teniendo por seguridad que la oración nuestra, las misas, nuestros sacrificios, nuestra oración y buenos actos con el prójimo es lo que más los asiste y ayuda. Nuestros queridos que  ya partieron ya en el purgatorio gozan de su ángel custodio y del mejor anhelo, el encuentro con Dios,  con la Virgen María, con los santos y sus seres queridos.

 

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