MARÍA DEL BUEN AMOR. Patrona de la Fundación

Cuántos nombres y títulos para evocar a la Madre de Dios, la Santísima Virgen María. En el Calendario universal de la Iglesia y en la religiosidad de los pueblos esparcidos por el mundo, siempre encontramos un extenso catálogo de nombres que describen la grandeza y hermosura de esta Virgen y Señora de cielos y tierra. No obstante, como sabiamente decían los santos Padre de la Iglesia, “De Maria nunquan satis”, es decir, de María nunca sabemos demasiado. Muchos nombres para intentar expresar el misterio de una doncella virgen, a quien Dios le reservó la gracia inaudita de engendrar en la carne al Hijo de Dios, engendrado eternamente por el Padre.

Todas las advocaciones de la Virgen María son como vías de acceso para entrar en la hondura de su misterio. Cada una de ella nos asoma, desde la admiración, al santuario de Su Corazón Inmaculado que cautivó la mirada del Creador, pues Ella es la obra de sus manos, y así nos la dejó para que la cuidemos y ser cuidados por Ella: “Ahí tienes a tu Madre”, palabras del Hijo que muere a los hijos que vendrán…

María aparece en el escenario de la historia como la joven engalanada por la gracia de Dios. Es María su nombre, lo refiere Lucas en su evangelio. Sin embargo, el Ángel que la visita nos mostrará definitivamente el alcance de ese nombre: “llena eres de gracia, el Señor está contigo”. El mensajero de Dios da testimonio del misterio de María, nos revela su grandeza, nos lleva al centro de su Corazón.

María del Buen Amor es la Virgen agraciada por la plenitud del divino amor que la creó, la redimió y santificó en el instante mismo de su concepción inmaculada. En el alma de la Virgen mora el misterio del Dios trinitario, y Ella se dejó habitar, al punto de que el buen amor de Dios se entrañó en su vientre de mujer, y en Ella la Palabra increada quedó revestida de humanidad.

El buen amor del Padre la miró y la eligió para hacer maravillas en la pequeñez de esta hija. El buen amor del Hijo se encarnó en Ella haciéndola Madre de Dios. Y el buen amor del Espíritu Santo se derramó profusamente en su corazón haciendo fecunda su virginidad.

María del Buen Amor es María toda de Dios. Ella es la feliz, porque creyó en el buen amor que la visitó y la hizo depositaria de santas promesas. El buen amor de Dios la convierte a María en la Madre misericordiosa y compasiva, la Madre que nos trae el dulce consuelo de la gracia.

Porque Ella es la Madre del Buen Amor en su imagen la contemplamos con sus manos extendidas hacia nosotros. Y en sus palmas abiertas recibimos, como en dos patenas, las bendiciones del Cielo, y al bendito Hijo de su vientre, Jesús.

La Madre se quedó junto a nosotros. “Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”, dirá san Juan. Ella está para acercarnos el buen amor de la salvación, y para conducirnos de su mano al Corazón misericordioso de su Primogénito.

La ternura de su rostro materno es una puerta abierta donde todos pueden entrar: santos y pecadores, justos e injustos, sanos y enfermos. Ella que se alegró inmensamente de ver cómo Dios la miró complacido siendo una pequeña servidora, Ella nos exhorta – hasta el final de los tiempos – a dejarnos encontrar por esa mirada amorosa de Dios que va en busca de las ovejas perdidas o extraviadas.

La devoción filial a la Madre del Buen Amor nos compromete a cuidar la obra que Dios hace en el corazón de los hombres, a velar el misterio de Dios que muestra su omnipotencia en los surcos de nuestras debilidades. Pero también, el buen amor de María, nos fortalece en la misión común de obrar el buen amor de la misericordia con todos aquellos que la esperan más allá de todas las esperanzas

P. Claudio Bert

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