El desprecio de las críticas y las calumnias. Bibliografía

“Nada se hace en este mundo sin que protesten los espíritus estrechos y malévolos; y de todo, aun de las mejores cosas, sacan inconvenientes cuando quieren murmurar”

“Creedme, mi querida hija, el honor de las personas de bien está en las manos de Dios, que algunas veces permite sea atacado, para ejercitarnos en la paciencia, pero nunca lo deja caído en tierra sino que lo levanta enseguida”

San Francisco de Sales

El agua viva del Espíritu Santo. Bibliografía del p. Bert

El agua que yo le dé se convertirá en él en manantial de agua viva, que brota para comunicar vida eterna. Se nos habla aquí de un nuevo género de agua, un agua viva y que brota; pero que brota sólo sobre los que son dignos de ella. Mas, ¿por qué el Señor da el nombre de agua a la gracia del Espíritu? Porque el agua es condición necesaria para la pervivencia de todas las cosas, porque el agua es el origen de las plantas de los seres vivos, porque el agua de la lluvia baja del cielo, porque, deslizándose en un curso siempre igual, produce efectos diferentes. Diversa es, en efecto, su virtualidad en una palmera o en una vid, aunque en todos es ella quien lo hace todo; ella es siempre la misma, en cualquiera de sus manifestaciones, pues la lluvia, aunque cae siempre del mismo modo, se acomoda a la estructura de los seres que la reciben, dando a cada uno de ellos lo que necesitan.

De manera semejante, el Espíritu Santo, siendo uno solo y siempre el mismo e indivisible, reparte a cada uno sus gracias según su beneplácito. Y, del mismo modo que el árbol seco, al recibir el agua, germina, así también el alma pecadora, al recibir del Espíritu Santo el don del arrepentimiento, produce frutos de justicia. Siendo él, pues, siempre igual y el mismo, produce diversos efectos, según el beneplácito de Dios y en el nombre de Cristo.

En efecto, se sirve de la lengua de uno para comunicar la sabiduría; a otro le ilumina la mente con el don de profecía; a éste le da el poder de ahuyentar los demonios; a aquél le concede el don de interpretar las Escrituras. A uno lo confirma en la temperancia; a otro lo instruye en lo pertinente a la misericordia; a éste le enseña a ayunar y a soportar el esfuerzo de la vida ascética; a aquél a despreciar las cosas corporales; a otro más lo hace apto para el martirio. Así, se manifiesta diverso en cada uno, permaneciendo él siempre igual en sí mismo, tal como está escrito: A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad.

Su actuación en el alma es suave y apacible, su experiencia es agradable y placentera y su yugo es levísimo. Su venida va precedida de los rayos brillantes de su luz y de su ciencia. Viene con la bondad de genuino protector; pues viene a salvar, a curar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer lugar, la mente del que lo recibe y, después, por las obras de éste, la mente de los demás.

Y, del mismo modo que el que se hallaba en tinieblas, al salir el sol, recibe su luz en los ojos del cuerpo y contempla con toda claridad lo que antes no veía, así también al que es hallado digno del don del Espíritu Santo se le ilumina el alma, y levantado por encima de su razón natural, ve lo que antes ignoraba.

(*) De las catequesis de San Cirilo de Jerusalén, obispo. Catequesis 16: Sobre el Espíritu Santo.

La Ascensión del Señor.


“La Ascensión de Cristo es nuestra propia elevación. La esperanza de su Cuerpo, que es la Iglesia, se ve transportada a lo alto, donde la gloria de su Cabeza ya la ha precedido. ¡Exultemos, pues, mis bienamados, dando lealmente gracias con digno gozo y dicha plena! Porque hoy no sólo hemos sido confirmados como poseedores del Paraíso, sino que también penetramos en Cristo las alturas celestiales, conquistando, por Su don inefable, bienes aun mayores que aquellos que habíamos perdido por la malicia del demonio.”
Las palabras inmortales de San León Magno son al mismo tiempo eco y cuño de la voz de la Iglesia que contempla nuevamente con arrobo cada año la Ascensión del Señor Jesucristo al seno del Padre; las reencontramos en el Prefacio de la solemnidad.
La triunfal subida del Mesías glorioso es el extremo perfectamente complementario de su carrera de anonadamiento, desde la luz inmortal de la Trinidad al vientre limpio y puro de María siempre Virgen donde se revistió de nuestra carne como el sacerdote toma sobre sí los ornamentos litúrgicos y sube al altar del Sacrificio. Pero también el altar es el lugar de la exaltación máxima, donde impera la presencia de la Divinidad. Tanto sube la gloria del Hijo único, podríamos decir, cuanto se abajó para redimir una multitud de hijos. Y tanta es la gloria de la Resurrección que compartimos con Él, cuanta fue la humillación que por nosotros aceptó, hasta consumir el cáliz amargo de su Pasión y Muerte en cruz. La muerte era nuestra, y justamente infligida y padecida. Él puso su Carne, derramó su Sangre y nos dio consumadamente su Vida eterna que ya compartía con el Padre y el Espíritu. De este modo, a más plena sea nuestra fe al proclamar el misterio de la Ascensión, más profundamente enraizará en nosotros, por obra del Espíritu Santo, la salvación en que creemos: el rescate del hombre íntegro, cuerpo, psiquis y espíritu.
La Ascensión ha sido por siglos y siglos una fiesta mayor de la cristiandad. La coplilla popular castellana la incluye en un trío festivo:
_Hay tres jueves en el año,_
_que brillan aun más que el sol:_
_Jueves Santo, Corpus Christi_
_y el día de la Ascensión._
Un nada convincente argumento, así llamado, “pastoral” ha trasladado su celebración litúrgica, al parecer definitivamente, al domingo siguiente al jueves en que se cumplen los cuarenta días de permanencia del Resucitado en este suelo, de acuerdo al testimonio sin error de la Sagrada Escritura y la Tradición (Hechos 1:3).
Los fieles, es cierto, encuentran dificultades a veces insalvables, que entonces los dispensan, para observar el calendario y los preceptos; no pasa lo mismo con la Iglesia de Dios, que no debe modificar su servicios sagrados según los vientos caprichosamente maliciosos del mundo. Correr detrás del rebaño en estampida no es la misión del pastor, sino reunirlo por la persuasión de su fiel y serena presencia y de su segura conducción. Con la innovación no sólo se ha destruido una parte sustancial de la arquitectura exquisita del culto y el sacramento de la cincuentena pascual, sino que, minando la probadísima capacidad docente de la liturgia, se daña la fe de los creyentes al manchar una vez más el ya demasiado deformado espejo de la Iglesia oficial.
Celebremos, pues, llenos de alegría contemplando al Señor subir, cuarenta días después de resurgir para siempre victorioso de entre los muertos, allá adonde nos llevará un día por nuestra perseverancia y las oraciones de su Madre, cuando Él vuelva para ser todo en todos.

P. Ricardo Isaguirre. (Sacerdote colaborador de la OPSME)

Misterio de la Ascensión del Señor. Bibliografía del P. Fundador Pbro. C. Bert

Hoy celebramos el Misterio de la Ascensión del Señor. Una escena que fácilmente podríamos montar en nuestra piadosa imaginación, haciendo esa composición de lugar a partir de los elementos que nos narra san Lucas.

the_ascension_of_jesus_mosaEl Hijo amado regresa a la casa paterna y recibe el abrazo de gloria con el que su Padre lo enviste, sentándolo definitivamente a su derecha. Por el gran amor que Dios tiene hacia los hombres, el Hijo se encarnó y entrañó en la historia  de esos hombres.  Y por ese amor grande ahora el Hijo asciende a la diestra del Padre para recibir esa corona de amor que la humanidad no quiso darle,  convirtiéndola, sí, en una corona de espinas…  Sólo desde el amor inexpresable que Dios tiene se puede entender ese descender tan abajo y el subir tan alto; bajando sin por ello dejar a su PADRE, y subiendo sin por ello desprenderse de los HOMBRES…

Contemplamos este misterio de la ascensión del Señor, que vuelto hacia su Padre nos deja su Espíritu y la promesa cumplida de que Él estará con nosotros hasta el fin del mundo. Pues, como refiere un autor, “uno no está donde está sino donde ama”. Por amor Cristo asciende a lo más alto de los cielos y por amor sigue permaneciendo junto a los hombres; ya no en la visibilidad del cuerpo glorioso sino en la permanencia irrefutable de su Espíritu derramado en nuestros corazones.

La fiesta que celebramos no es sólo fiesta del Señor, es fiesta de la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Fiesta que nos trae la seguridad de que nuestra carne, en la carne de Jesús, ha llegado a la gloria. Fiesta de esperanza porque las puertas del Cielo han quedado abiertas y el Señor se encarga de hacernos un lugar para que moremos allí donde Él mora y sigue intercediendo por sus muchos hermanos. “En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes” (Jn 14, 2-3).

Los apóstoles se habían familiarizado con esos encuentros pascuales que el Resucitado les dispensó durante los 40 días que siguieron a la Pascua… y tendrán que abrirse a esta nueva exigencia del Señor y acatar su palabra: “Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”.  Es Cristo el que sube, pero su Iglesia, sus apóstoles han de permanecer en los valles de este mundo. Comienza la hora de la Iglesia que es la misión y el testimonio: “ustedes son testigos de todo esto”.

Hay una lección que debiéramos registrar en este mandato del Señor: ese quedarse en la ciudad entraña rechazar el asedio de la tentación de la huída, de la fuga. El hombre siempre experimenta esta tentación: la vida tiene sus nudos de conflicto que no siempre se resuelven fácilmente, y entonces nos cansamos y queremos corrernos del problema. Cuántas veces se nos escapa aquella frase: “me quiero ir…” Los apóstoles quizá deseaban que el Señor les tomase de la mano y se los llevara en aquel vuelo que lo escondió definitivamente en el seno del Padre… Sin embargo, todavía tenían que permanecer agarrados con los pies al suelo de la ciudad. Y aquí está el desafío que a todo creyente se le presenta como una interpelación: los ojos fijos en el Cielo y los pies sobre las pisadas de Jesús que dejaron huellas imborrables por estas riberas del mundo…

Ciertamente, que una vida en estas condiciones genera tensiones. Son las tensiones necesarias de tener el corazón anclado en el Cielo de Jesús y las manos curtidas por la aspereza de una siembra constante en los campos que nos fueron asignados. Es la tensión de la fe y del amor, como la cuerda que si no tiene la necesaria tirantez no dará dejará oír la armonía de su tono musical.

Por eso el Señor mientras subía al Cielo, nos recuerda el evangelista, “elevando sus manos los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo”. El último gesto que nos deja el Salvador son sus manos abiertas y la bendición. Él quiso ser una bendición para todos aquellos que lo conocieron, que escucharon sus enseñanzas, aún para aquellos que le escupieron el rostro y le azotaron sus espaldas… Pasó su vida haciendo el bien, pasó como bendición entre nosotros…

No podemos olvidar este gesto de Jesús: todos hemos sido bendecidos, nadie quedó al margen de esa copiosa bendición sacerdotal del Señor. Y se me ocurre pensar, al hilo de estas consideraciones, que todos debiéramos ser “bendición” para la humanidad, para ese mundo pequeño y grande que habitamos… Poder dejar este mundo con  palabras y gestos que prolonguen esa bendición de Jesús para nuestros hermanos.

P. Claudio Bert

SAN FELIPE NERI. Bibliografía del p. Claudio Bert

Memoria de san Felipe Neri, presbítero, que, consagrándose a la labor de salvar a los jóvenes del maligno, fundó el Oratorio en Roma, en el cual se practicaban constantemente las lecturas espirituales, el canto y las obras de caridad, y resplandeció por el amor al prójimo, la sencillez evangélica y su espíritu de alegría, el sumo celo y el servicio ferviente de Dios. Llamado “el apóstol de Roma”

san-Felipe-Neri

Nació en Florencia, y se llamaba Felipe Rómulo. Su padre, Francisco Neri era notario. Fue educado en los dominicos de San Marcos donde se entusiasmó por Savonarola. Durante su adolescencia fue un amante de la poesía y de la música. A los 18 años fue enviado por un tío mercader a San Germano en Campania para que se dedicara al comercio, y allí se enamoró de la vida claustral, pero la orden benedictina no era para él (en Montecasino tuvo como maestro al ilustre monje Eusebio de Éboli). A sus 21 años, en 1536, llegó a Roma. Después de asistir a los cursos de Teología de la Sapienza (conoció a san Ignacio de Loyola), se consagró a la asistencia de los peregrinos en el barrio de la Regola, deseaba remediar toda miseria y de hacer que todos amasen a Cristo. Su gran ilusión fue ser misionero como san Francisco Javier, pero una voz le avisó: “Tus Indias están en Roma”.

Fundó la fraternidad de la Santísima Trinidad de Convalecientes y luego la de Peregrinos, en la iglesia de San Salvador del Campo, la cual cumplió en 1550 una gran obra de atención a los peregrinos del Años Santo, así como a los extranjeros pobres y a los convalecientes que carecían de asilo. Durante la carestía de 1538-1539 visitó a los enfermos. Ordenado sacerdote a los 36 años (1551), vivió en la iglesia de San Girolamo della Carità, donde fundó la obra, que más tarde (1554) se denominó Congregación del Oratorio, en la que chicos y jóvenes se reunían para ejercitarse en obras espirituales, caritativas y culturales. La Congregación del Oratorio se compone de sacerdotes seculares que sin votos religiosos viven en comunidad unidos por el vínculo de la caridad y dedicados a la predicación y el confesionario. En 1575, la Congregación del Oratorio se trasladó definitivamente a la iglesia de Santa María de la Vallicella.

En su apostolado entre la juventud, marchó de grupo en grupo, siempre bien recibido, infundiendo pureza y virginidad, como expresión del más encendido amor de Dios, con su amabilidad y alegría contagiosas. En su oración personal repetía: “Señor no te fíes de mi”. Se dedicó a la reforma católica y decía: “Es posible restaurar las instituciones humanas con la santidad, pero no restaurar la santidad con las instituciones”. “No busquéis huir de la cruz que Dios os manda, porque seguro que os enviará otra mayor”. “Nadie quiera ser santo en un día, que no se es bien pegarse tanto a los medios que se olvide el fín”. “La humildad es la salvaguarda de la pureza, no hay mayor peligro que no temer al peligro”. Se dice que un día pidiendo limosna, un señor, fastidiado por su insistencia, le propino un guantazo, y él repuso “Esto es para mí, y te lo agradezco, ahora dame algo para mis muchachos”.

Mantuvo contacto con las grandes figuras de su época, tanto santos (Ignacio, Carlos Borromeo, Camilo de Lelis, Francisco de Sales, Félix de Cantalicio), como papas (Pablo IV, san Pío V; Gregorio XIII, Gregorio XIV, Clemente VIII); pero sufrió también la humillación de ver que Pablo IV le retiraba el permiso de confesar, mal informado sobre su actividad de organización de las mismas peregrinaciones. Fue rector de la iglesia de San Juan de los Florentinos. Aquí reunió a los primeros sacerdotes del Oratorio que constituyó, durante sus 33 años, el centro de la vida religiosa de Roma. Aquí se educó Baronio (el futuro historiador y cardenal), Francisco María Tarugi, Francisco Bordino, Alejandro Fedeli y Ángel Velli, que fueron el primer núcleo de la nueva fundación.

Los papas quisieron hacerle obispo y cardenal; el pueblo le honró en vida como santo, y él intentó escabullirse con chanzas y burlas. Fue hasta que murió el hombre más alegre de la ciudad (se le conoció como “Pipo el Bueno”) y se sirvió del humor como medio para vencer el orgullo y también para poner penitencias a sus penitentes. Aunque nos dirá: “En el servicio de Dios no es suficiente reír”. Cuando celebraba Misa con el pueblo tenía que leer alguna historieta de humor, para que le “distrajese” un poco, y no caer en un éxtasis de varias horas. Si la celebraba solo, el monaguillo se iba y volvía dos horas después. Un éxtasis le produjo la dilatación del corazón y la deformación de dos costillas. Fue uno de los primeros teólogos en interceder por la protección de los animales contra la crueldad y la tortura.

En los últimos años de su vida, se retiró a una actividad privada de confesiones y dirección espiritual. Recibió la unción de los enfermos y el viático de manos de Baronio y del cardenal Federico Borromeo y murió entre vómitos de sangre. MEMORIA OBLIGATORIA.

María Auxiliadora: Auxilio de los cristianos.

No hace falta explicar a los creyentes por qué la Iglesia, entre tantos otros títulos, llama “Auxiliadora” a Nuestra Señora la Madre de Dios. La más antigua oración dirigida a Ella, el “Sub tuum Præsidium” expresa precisamente esa realidad de ka devoción y el culto a la Virgen Santísima: “Nos ponemos bajo tu amparo.” Confiada en la experiencia secular, la fe se refugia en María, que, desde la Cruz, nos fue dada como Madre en la persona del discípulo que Jesús amaba especialmente.
Ella auxilia a los cristianos. Esto implica reconocer la existencia real de peligros, enemigos y amenazas de parte del demonio, del mundo y de la carne. “En el mundo tendréis persecuciones”, anunció el Señor, instándonos en el mismo momento a no temer: “Pero Yo he vencido al mundo.”
¿Cómo no estará su Madre unida a estas palabras de aliento y consuelo? En la victoria de Cristo sobre el mundo; en su triunfo sobre la muerte; en la derrota del Infierno; en el pecado desarmado de su aguijón, que era la muerte, por la muerte de Jesús y su Resurrección, la Madre del Señor es nuestra Madre, nuestro auxilio celestial infalible.
Nos volvemos a acoger bajo su manto protector al celebrar su fiesta. Estamos convencidos de que no desoirá nuestras súplicas y nos librará de todos los males que nos amenazan, rogando por nuestra perseverancia en la religión católica hasta el último aliento.
El 24 de mayo de 1814 el Papa Pío VII regresó triunfalmente​ a su sede en Roma del exilio y cautiverio que le había impuesto Napoleón, el tiránico emperador de los franceses. La celebración de hoy lo recuerda, como un ejemplo de la intercesión de María desde el cielo en la historia de sus hijos en la tierra.
_Santa María, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros._

Pbro. Ricardo Isaguirre.

Sacramento de la unción de los enfermos.

El sacramento de la unción de los enfermos es un acto litúrgico comunitario realizado por parte de distintas Iglesias cristianas (Iglesia católica, Iglesia ortodoxa, Comunión anglicana) por el cual un presbítero signa con óleo sagrado a un fiel por estar enfermo, en peligro de muerte o simplemente por su edad avanzada. Con esta acción se significa que le es concedida al enfermo o al anciano una gracia especial y eficaz para fortalecerlo y reconfortarlo en su enfermedad, y prepararlo para el encuentro con Dios.

Al igual que los demás sacramentos, la Iglesia católica considera que la unción de los enfermos fue instituida por Jesucristo quien, según los textos neotestamentarios, hizo participar a sus discípulos de su ministerio de compasión y de curación:

Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Queridos fieles y hermanos que participan de esta Obra, el día viernes a las 19hs, en la sede de la Fundación y Obra Pequeños Servidores de la Misericordia Eucarística, durante la Santa Misa, se impartirá el Sacramento de la Unción de los enfermos a todos aquellos que asistan y lo deseen recibir.