María embellece el Cielo.

“En todo tiempo el deudor canta a su benefactor, el que es salvado reconoce la protección de su salvador, y si no puede testimoniarle su gratitud por medio de actos, procura al menos tributarle el homenaje de su palabra. Por eso, me atrevo a cantar tus alabanzas, Madre de Dios, a quien la posesión de las más asombrosas maravillas coloca por encima de toda expresión, de toda inteligencia; también yo, en gozosa alabanza, audazmente te devuelvo tus mismas palabras: considera la pequeñez de tu servidor, exalta la boca del humilde, y a mí, que tengo hambre ardiente de alabarte, sáciame con tus beneficios, y que mi espíritu, guiado por ti, pueda glorificarte sin desfallecer, ¡oh Reina mía!

Tuviste razón de decir que todas las generaciones te proclamarán feliz a ti, a quien nadie puede alabar como corresponde, tú que siempre te apiadas de la debilidad, de la miseria de los que cantan tus alabanzas, postrados a tus pies. ¿Por dónde debo comenzar? ¿Qué debo reservar para más adelante? ¿Cantaré primero las alabanzas de tu vida corporal entre nosotros, aplaudiré la gloria de tu paso espiritual a la Vida en el sueño de no la muerte? Ambas llenan de temor, cada una de ellas hace temblar.

Cuando dejaste la tierra, evidentemente subiste al cielo; pero debe decir que antes no estabas excluida de los cielos, y que después, al elevarte por encima de los coros celestiales, mostrándote muy superior a las criaturas terrestres, no dejaste la tierra; en verdad, al mismo tiempo embelleciste los cielos e iluminaste la tierra con una gran claridad, ¡oh Madre de Dios! Tu vida en este mundo no se tornó extraña a la vida celestial; tu tránsito tampoco ha modificado tus relaciones espirituales con los hombres. Te has manifestado como el cielo, capaz de contener al Dios altísimo, ya que pudiste ofrecerle tu seno para llevarlo. Más aún, tomaste el nombre de tierra espiritual de Dios, puesto que tu carne ha colaborado en esta inhabitación”.

San Germán de Constantinopla (ss. VII- VIII), de la Hom.II sobre la Dormición de la santa Madre de Dios.

 

A María del Buen Amor

A Tí, Nuestra Santísima Virgen, María del Buen Amor,

dirigimos nuestras plegarias en las horas felices y tristes de Nuestra Vida, 

en tu rostro de Madre y tu mirada llena de compasión, 

encontramos la caricia bendita del Padre De los Cielos,

Tú estas siempre con nosotros en companía de tu Amoroso Hijo, 

confiamos en tu intersección, todopooderosa, ante el Trono de la Gracia, 

te rogamos nos dispenses tus bendiciones para el alma y el cuerpo

hasta que alcancemos la perfecta comunión, 

contigo en el Buen amor de Cielo. 

Amén.

Padre Fundador Pbro. Claudio Bert

Asunción de la Virgen María.

La Asunción de María es la enseñanza que:

La Inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial [Pío XII, Munificentissimus Deus]:

“Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia.

Para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte.

Para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia.

Con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra.

Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”.

 

 

Asunción de la Santísima Virgen María. Bibliografía

 

María no fue una rosa en la cual la divinidad reposó por algún tiempo; ella fue el canal a través del cual Dios vino a nosotros. María no podía vivir mucho tiempo separada del sueño que trajo al mundo, el sueño no podía vivir sin ella, en cuerpo y alma. Su amor a Dios le abrió paso hacia arriba; el amor por su Madre elevó a ésta hacia arriba. Nuestro Señor no podía olvidar la cuna en la que había estado. En la Anunciación, el ángel le dijo: “El Señor está contigo”. En la Asunción: “María está con el Señor”. Su Asunción es la garantía de que todas las plegarias a ella serán respondidas. El Hijo está la derecha del Padre; la Madre está a la derecha del Hijo” (Fulton J. Sheen)

San Maximiliano kolbe.

 

“Ella es Madre, nuestra y…de Dios. Ella penetra nuestra alma y dirige sus facultades con un poder sin límites. Nosotros le pertenecemos de verdad a Ella, por eso, estamos con Ella siempre y en todas partes. Queridísimos hijos míos en la Inmaculada, les deseo que sean alimentados por Ella misma con la leche de sus gracias, acariciados por Ella, educados por Ella como lo fue Jesús, nuestro Hermano mayor, para que el Esposo divino de las almas reconozca cada vez más en nosotros aquellas mismas facciones que Él mismo recibió de su Madre, la Inmaculada”.

 

“Ella es sólo Madre de Misericordia, por ende, se apresura a acudir, aunque no sea de ninguna manera invocada, allí donde se manifiesta de manera más grave la miseria de las almas”

 

“Dejémonos conducir por Ella, sea a lo largo de una calle bien asfaltada y cómoda, o sea por otra escabrosa y difícil. Es suficiente un solo acto de amor –amor que procede no del sentimiento, sino de la voluntad, es decir, como acto de obediencia religiosa- para que una caída se transforme en un beneficio aún mayor. Las caídas nos enseñan a no confiar en nosotros mismos, sino a poner toda nuestra confianza en el amor de Dios, en manos de la Inmaculada, Mediadora de todas las gracias”

San Maximiliano kolbe. 14 de agosto. Bibliografia

 

Nos hallamos ante un testigo y apóstol contemporáneo del misterio de María. Por otra parte, su ejemplo nos hace revivir una de las páginas más dramáticas de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945, y de la barbarie nazi en los campos de concentración. Enumeramos los principales pasos de su andadura terrena.

Nació en Zdunska Wola, ciudad próxima a Lodz, Polonia, el 8 de enero de 1894. Tras su entrada en la vida religiosa como franciscano conventual, cursó estudios en la Universidad Gregoriana de Roma. Vuelto a Polonia, inició su apostolado mariano con la publicación mensual “Ricerz Niepokalanej” –El Caballero de la Inmaculada–, que alcanzó el millón de ejemplares en 1938. Fundó la asociación denominada “Milicia de la Inmaculada”, que se difundió por su patria y otras naciones. El 19 de septiembre de 1939 fue detenido por la Gestapo y fue deportado a Lansdorf, Alemania, y después al campo de concentración preventiva de Amtitz. Puesto en libertad, se ve nuevamente detenido en 1941. Encarcelado en Pawiak, Varsovia, es deportado posteriormente a Auschwitz, en Oswiecim. Aquí ofrece voluntariamente su vida en lugar de un padre de familia numerosa condenado a muerte. El 14 de agosto de 1941, después de serle suministrada una inyección letal, muere víctima de su caridad heroica. Su cuerpo fue incinerado.

Beatificado por Pablo VI, fue canonizado en 1982 por Juan Pablo II. El preso número 16670 de Auschwitz falleció en el bunker del hambre la víspera de la Asunción. Es llamado “el loco de la Inmaculada” por su extraordinaria devoción a nuestra Señora en este dulce y hondo misterio. Éste fue su ideal absorbente por el que trabajó, predicó, luchó, oró, escribió y sufrió: “Conquistar para la Inmaculada un alma tras otra, enarbolar su estandarte en las casas editoriales de los diarios y de la prensa periódica, en las agencias y antenas radiofónicas, en los centros docentes y cenáculos literarios, en las salas de cine, en los parlamentos y senados: en una palabra, en cualquier rincón de la tierra”.

El padre Kolbe deseó marianizar el mundo entero. Su vida constituye una “revelación prolongada de María”, ya que estuvo penetrado y transido por su presencia santificadora. Con acentos ardientes se dirige a la Inmaculada en bellísimas fórmulas de consagración. He aquí una: “Concédeme, Madre mía, vivir, trabajar, sufrir, consumarme y morir por Ti, solamente por Ti”.

Pensamientos del Padre Kolbe

“Tenemos que ganar el mundo entero y cada alma, ahora y en el
futuro hasta el final de los tiempos, para la Inmaculada y a través de ella,
para el Corazón Eucarístico de Jesús”.

“A veces, la vida es tan dura. Parece que estamos en un callejón sin salida. No se perfora una pared con la cabeza Y la vida es triste, dura, terrible a veces y desesperada.
¿Por qué? ¿es así tan terrible vivir en este mundo?
Acaso ¿no lo sabe todo Dios? Acaso ¿No es El Omnipotente? ¿Acaso no están en sus manos todas las leyes de la naturaleza e incluso todos los corazones de los hombres? ¿Puede, quizás, suceder algo en el universo sin que El lo permita?…Y si es Él quien lo permite ¿Puede quizás permitir algo en contra de nuestro bien, de un mayor bien, del máximo bien posible?…
Aun en el caso en que por un breve instante nosotros recibiéramos una inteligencia infinita y lográramos comprender todas las causas y los efectos, no elegiríamos para nosotros mismos nada distinto de lo que Dios permite, porque, siendo infinitamente sabio, El conoce perfectamente lo que es mejor para nuestra alma. Demás, siendo infinitamente bueno, quiere y permite sólo lo que nos sirve para nuestra máxima felicidad en el paraíso.
Entonces ¿Por qué a veces nos hallamos tan abatidos?
Porque no vemos la relación que existe entre nuestra felicidad y aquellas circunstancias que nos afligen; más aún, en razón de las limitaciones de nuestra cabeza- ella entra sólo… en un gorro o sombrero!- no somos capaces de conocer todo.
¿Qué debemos hacer, pues? Confiar en Dios. Mediante tal confianza, aunque no comprendamos directamente las cosas, nosotros damos a Dios nada menos que una gran gloria, porque reconocemos su sabiduría, su bondad y su potencia.
Confiemos en Dios, pues, pero confiemos sin límites. Nosotros confiamos que, si nos preocupáramos sólo por cumplir su voluntad, no nos podrá suceder ningún mal verdadero, aunque tuviéramos que vivir en tiempos mil veces más difíciles que los actuales.”

“Tú, Dios infinito y eterno, me has amado desde hace siglos, me llamaste de la nada a la existencia.
Para demostrarme de cerca que me amabas con mucha ternura, bajaste de las delicias más puras del paraíso a esta tierra…viviste en medio de la pobreza…, quisiste ser colgado entre tormentos en un torpe patíbulo en medio de dos malhechores…¡Oh Dios de amor, me redimiste de este modo terrible y generoso!.
Tú, sin embargo, no te contentaste con eso, sino que viendo que habrían de transcurrir 19 siglos desde que esparciste esas demostraciones de tu amor hasta que yo apareciera en la tierra, ¡quisiste proveer también a esto!
Tu corazón no permitió que yo tuviera que alimentarme únicamente de los recuerdos de tu inmenso amor. Te quedaste en esta mísera tierra en el santísimo y admirable Sacramento del altar y ahora vienes a mí y te unes estrechamente a mí bajo la forma del alimento…Tu Sangre ya fluye en mi sangre, tu alma, oh Dios Encarnado, se compenetra con la mía, le da fuerza y la alimenta” (SK 1145)