Día de los Santos Inocentes.

 

Quizá lo que más nos cuesta entender es que la Navidad del Señor no es un día del calendario sino una de las verdades sustantivas de nuestra fe, que tiene que ser expresada más allá de las palabras… Es decir, la confesión de fe traducida en un obrar de luz y de verdad.

Rezar en voz alta la afirmación del Credo: “nació de Santa María Virgen…” no nos ofrece demasiada dificultad, los problemas se despiertan cuando mi vida no se ajusta a la confesión de mis labios. Por eso la Oración Colecta de esta fiesta nos habla, precisamente, de esta cuestión: “…que podamos dar testimonio, con la vida, de la fe que confesamos con los labios…”

Si Dios es un misterio de Luz, como lo dice San Juan hoy en la primera lectura, recibir a este Dios que vino a poner su morada en medio nuestro, significa caminar en la luz y ahuyentar las tinieblas de la propia vida. Desde Belén de Judá el drama de la humanidad se juega en este acoger la luz o darle la espalda a la luz. Y la experiencia nos confirma aquella sentencia del evangelista en el Prólogo: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron”, “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”.

Estos días de Navidad la liturgia nos auxilia con los hermosos textos del gran teólogo de la Navidad que es San Juan. Sus escritos nos avecinan a la contemplación del Santo Pesebre que nos interpela a ajustar nuestra vida con el foco de luz que empezó a brillar en el centro de la historia. Cada día experimentamos- dentro y fuera de nosotros- esos restos de tinieblas que, si no se asumen, si se los esconde sin más, nos llevan al autoengaño de la mentira, de la hipocresía y por lo tanto nos privan de esa experiencia de rehabilitación que Dios nos trae, a condición de que nosotros asumamos que sigue habiendo oscuridad en algún rinconcito de mi vida… “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y purificarnos de toda maldad” (San Juan).

El misterio de la Huida del Señor a Egipto y la ejecución de esos inocentes que decretó Herodes nos ayudan a tomar conciencia de cómo la Navidad se va convirtiendo en un camino de exigencias, un camino en el que asomarán las dificultades y el combate de las tinieblas que repudian la luz. Así vivieron la Santísima Virgen y San José el nacimiento del Niño. Una navidad que lleva el signo de la cruz en su misma entraña. Jesús fue perseguido desde la cuna y arrestado recién el Huerto de los Olivos. Su Madre y José cuidan la Navidad obedeciendo las indicaciones que el mismo Cielo les hace…

Mirando al José bueno que sale en la noche con el Niño y su Madre en el camino del exilio, aprendemos que todos debemos hacernos cargo de ese paso del Señor por nuestra vida. Al amor de Dios se le responde con el amor del compromiso y de la lucha. Es verdad que el amor de Dios se ha manifestado en Navidad. Pero el mal existe, y el desamor de los hombres ocasiona en la historia tragedias como ésta que nos relata el evangelio.

Padre Claudio Bert (1964/2017)

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ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA DEL ADVIENTO

Nuestra Señora del Adviento
Madre de todas nuestras expectativas
Tú que sentiste tomar carne en tu seno
La Esperanza de tu pueblo,
la Salvación de Dios,
Sostiene nuestras maternidades
y paternidades, carnales y espirituales.
 
Madre de todas nuestras esperanzas,
Tú que acogiste el poder del Espíritu
Para dar carne a las promesas de Dios,
Concédenos encarnar al Amor,
Signo del Reino de Dios,
En todas las acciones de nuestra vida.
 
Nuestra Señora del Adviento,
Madre de nuestra vigilancia,
Tú que diste un rostro a nuestro futuro,
Fortifica a los que dan a luz con dolor
Un mundo nuevo de justicia y de paz.
 
Tú, que contemplaste al Niño de Belén,
Haznos atentos a los signos imprevisibles
De la ternura de Dios.
 
Nuestra Señora del Adviento
Madre del Crucificado,
Tiende tu mano a los que mueren
Y acompaña su nuevo nacimiento
En los brazos del Padre.
 
Nuestra Señora del Adviento, icono pascual,
Concédenos esta gozosa vigilancia que discierne,
En el tejido de la vida cotidiana,
En el paso y en la venida de Cristo el Señor.

 

 

Mirar a San José en el tiempo de adviento.

 

Si alguna vez existió un hombre que merezca el esplendor del Cielo, es San José.

Un hombre justo que vivió una vida honorable y santa.

Y que está unido a su amada esposa María y a Jesús, el Hijo Eterno, a quien crio como su propia carne y sangre.

Se dice muy poco sobre San José en las páginas de las Sagradas Escrituras.

Pero hay un gran cuerpo de enseñanzas acerca de este gran Santo en los escritos de los Padres y Doctores de la Iglesia y en la tradición oral de nuestra fe.

LA SANTIFICACIÓN DE JOSE DESDE SU NACIMIENTO

El Padre celestial santificó a José, para que cuando llegara el momento, se casara con la Santísima Virgen María, cuidara a Nuestro Señor Jesús como su propio hijo, y fuera el esposo y padre más perfecto y santo.

San Alfonso María de Ligorio dice que dado que Dios escogió a San José para ocupar el cargo de padre del Verbo Encarnado, debemos creer que Él le confirió toda la santidad para tal oficio.

Entre otros privilegios, José tenía tres que eran especiales.

En primer lugar fue santificado en el vientre de su madre, como lo fueron Jeremías y San Juan el Bautista.

En segundo lugar, al mismo tiempo fue confirmado en gracia.

Y en tercer lugar, siempre estuvo exento de las inclinaciones de la concupiscencia, un privilegio con el que San José favorece a sus devotos, librándolos de los apetitos carnales.

Piadoso y religiosamente observante, es ante todo y por sobre todo, un hombre justo; a no confundirse, no está sometido a las veleidades de una limitada balanza humana. Antes bien, es justo con mayúsculas porque ajusta su voluntad a la del Dios del Universo por encima de todas las cosas.

Pero es un hombre que sabe oír y escuchar: ante el consejo de un Mensajero, no vacila y toma a María por esposa, casa en común, hogar fecundo
-habría que imaginarse, por un momento, una fiesta campesina allí en esa aldea, en honor de los noveles esposos-

El carpintero trabaja y trabaja; ya no es un hombre solo, hay una esposa con un hijo en camino que necesitan el sustento que puedan procurar sus manos encallecidas.
Así los días, del amanecer al ocaso, madera y esfuerzo, y un vientre amado que crece ante sus ojos mansos.

En este Adviento, dejando de lado cualquier intento laudatorio o ansias de reivindicar, grato es volver la mirada a José de Nazareth.
Y con él, a tantas y tantos Josés silenciosos y serviciales, mansos y humildes renegados de cualquier éxito, siempre disponibles allí donde se los necesite, decididos protectores de esta Vida que se nos regala y que se viene asomando en pañales.

Fiesta de Cristo Rey del Universo

 

Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros.

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.

 Vale la pena buscarlo y encontrar a Jesús,  vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra.

La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Así podremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.

Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.

También debemos  imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Y por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.

María, Medianera de todas las Gracias.

“Tenemos que conocerla no sólo en su papel de obtener favores; ésta es la menor de sus funciones. Tenemos que conocerla como Madre de la Divina Gracia, Madre de nuestras almas, Mediadora de todas las gracias”.

“No es que meramente concede gracias, sino que obra por nuestro medio. En otras palabras: Es nuestra Madre que derrama en nosotros su vida, aquella vida que es su Hijo. Y entonces, no sólo nos llena, sino que, a través de nosotros, actúa. A través de los que se le entregan ejercita su función maternal con todos los hombres”.

“Sin María no se da a Jesús; sin María no hay gracia, ni siquiera la más pequeña. ¿Y qué decir de las grandes gracias, de las extraordinarias gracias de conversión? Si no la llevamos a nuestra vida, andamos dando golpes de ciego en el aire. Podemos realizar esfuerzos prodigiosos, pero al fin, habremos quedado con las manos prácticamente vacías”.

“El rechazar a María tiene consecuencias más serias que la pérdida de una madre terrenal. Frustrada su obra materna, todo va por mal camino. La Iglesia dice que Ella resuelve toda crisis dogmática: Destruye todas las herejías. De la misma manera cura todas las demás enfermedades. Parece que todo se pone en orden cuando se piensa en Ella. Su presencia se nota en todos los momentos importantes. Ahora, como siempre, Ella inaugura el Reino de la Gracia. Allí donde Ella llega, nace el Señor. Y como Ella le trae, Ella le lleva. Habla Ella y el poder del Hijo se manifiesta. Por su medio la gente cree en Él, y se hacen sus discípulos”.

“Porque María es cardinal, es decir: así fue presentada desde el primer momento del plan divino de la Redención. Constituyó una parte de las profecías sobre el Mesías, y en su momento, fue parte de su misión terrenal, como es ahora parte de su reinado celestial. Es totalmente inferior a Él, pero ha sido levantada hasta su mismo destino de una manera especial, de manera que siempre a Ella le corresponde dar su Hijo, iniciar sus pasos, e indicarle lo que es necesario. Este es el programa de la Providencia: que nosotros nos acomodemos a él.

Procuremos que María sea mejor conocida. La Iglesia coloca estas palabras en los labios de la Santísima Virgen: “Los que me explican vivirán por toda la eternidad”.

 

El tiempo eterno de Dios

Después de la muerte no hay otro ‘después’. Palabras como después o antes pertenecen a nuestra condición mortal, a nuestra vida temporal y espacial. La muerte nos libera de las limitaciones cronológicas y nos transporta al ‘tiempo’ de Dios, que es eterno. Las especulaciones sobre la vida después de la muerte no son por tanto más que eso, especulaciones. Después de la muerte no hay ‘primeramente’ ni ‘más tarde’, no hay ‘aquí’o ‘allá, ni pasado, presente o futuro. Dios lo es todo en todos. El fin de los tiempos, la resurrección y la nueva venida gloriosa de Jesús no están separados en el tiempo para aquellos que no están ya en el tiempo.

Para nosotros, que vivimos aún en el tiempo, resulta importante que no actuemos como si la nueva vida en Cristo fuera algo que podemos comprender o explicar. La mente y el corazón de Dios son infinitamente superiores a los nuestros.
Cuanto se nos pide es “confianza, vivir en el Amor y viviendo en Dios segun lo que nos pide., recordando siempre que lo que único que nos salva, Es la caridad del Corazón y es el Amor.”

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS…..

La Fiesta de Todos los Santos junto a la conmemoración de los Fieles Difuntos, son celebraciones que han calado muy hondo en la sensibilidad de los cristianos.

Los santos son de nuestra familia. No fueron necesariamente héroes, sino personas normales…dice el Apocalipsis: “estos son los que vienen de la gran tribulación” (primera lectura de la Misa).

Los santos son “las obras maestras” del Espíritu Santo, y un don para la humanidad. Sus vidas son testimonios ejemplares que nos animan en el camino, y son también intercesores vivos delante de Dios: como reza la Oración colecta de este día: “…te rogamos que, por las súplicas de tantos intercesores, derrames sobre nosotros la ansiada plenitud de tu misericordia”.

La memoria de todos los Santos es ocasión de fiesta para toda la Iglesia. Si recordamos a personas eximias…hacemos bien en recordar a todos los santos: personas que acertaron con el camino de la verdadera sabiduría.

Hoy celebramos a los santos canonizados, conocidos y venerados en la Iglesia, pero también a los no canonizados, los que no aparecen en nuestras listas, pero sí están en las de Dios.

Ellos vivieron para amar y servir, aunque el mundo no los reconoció: “Si el mundo no nos reconoce, es porque no lo ha reconocido a él” (segunda lectura de la Misa). Vivieron para hacer felices a los demás, vivieron contentos de haber creído… ¡Con qué alegría los mirará Jesús eternamente!

Ser feliz es poseer en plenitud aquello que se desea… y el creyente tiene el deseo, la sed profunda de poseer a Dios. Es la experiencia de San Agustín: “…nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”. Esta es la vocación cristiana, la vocación a ser santos.

Digamos que la palabra “santo” fácilmente nos recuerda a señores vestidos con largas túnicas, que llevaron una vida bastante distinta de la de sus contemporáneos y que, en muchos casos, eran obispos, frailes o monjas…

Ser santo lo hemos identificado con ser raro, amargado, o absurdamente sacrificado. Nos cuesta imaginarnos un santo con pantalón vaquero  y una vida tan normal como la nuestra.

San Pablo dirá que la voluntad de Dios es nuestra santificación, que nada tiene que ver con una forma absurda de vida. La santidad es caminar en pos de una plenitud, de una felicidad plena que todo hombre busca, y que para nosotros tiene un rostro y un nombre concreto: Jesucristo, en cuya humanidad habita la plenitud de la divinidad. De allí la insistencia con que el Señor hablaba de “seguimiento a su persona”

 Padre Claudio Bert (1964/2017)

 

¿Para qué sirven los santos?

Los santos son hombres y mujeres llenos de defectos, sin embargo ante los cuales nos es imposible negar la fascinación que nos provocan.

Los santos son personas que a la vez se dejaron fascinar por la presencia de otros santos, pero también de la fascinación que provocaba en sus vidas la vida de otras personas.

Los santos son personas para quienes Jesucristo fue una presencia causa de fascinación, por lo que sus vidas son para nosotros fascinantes.

Para eso sirven los santos, para saber cómo la presencia de Dios es fascinación (tanto la de Juan y Andrés como la de Teresa de Ávila o la de Juan Pablo II) antes que cualquier abstracción o moralismo.

Los santos, por tanto, sirven para conocer de primera mano cómo vivieron en la presencia del Señor a diario, para saber cómo lo descubrieron en cada gesto, acontecimiento o crisis.

Los santos, en resumidas cuentas, nos sirven para saber cómo no reducir la realidad.