IMÁGENES DE NUESTRA SEÑORA Y SAN JOSÉ LLORAN EN LA CASA DE LOS HERALDOS DEL EVANGELIO

 Transcurridos 100 años de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, muchos esperaban alguna manifestación sobrenatural de la Madre de Dios que confirmase las anteriores advertencias hechas en 1917 a los tres pastorcitos, Lucía, San Francisco y Santa Jacinta.

No habiendo el mundo dado oídos a los pedidos hechos entonces, era de esperar algo que sacudiese la conciencia de esta humanidad pecadora y adormecida, que ningún aviso del Cielo parece ser capaz de despertar.

Y, si los hombres no se importan con las advertencias venidas de lo Alto, también Dios parece haber vuelto las espaldas a este mundo, dejando que los acontecimientos corran por sí, arrastrando la civilización contemporánea hacia un futuro incierto y poco auspicioso, en medio a las convulsiones del caos, las guerras y la violencia.

Tal situación ha llevado a muchas almas a preguntarse angustiadas si Dios no habría abandonado al mundo a su propia suerte. Más terrible que los estertores del caos contemporáneo es, para esas almas, ese aparente silencio de la Providencia ausentándose del curso de los acontecimientos.

Entretanto, Dios, verdadero Señor de la Historia, tiene sus designios insondables y espera pacientemente la hora más adecuada para intervenir. Unas veces lo hace a través de fenómenos naturales y otras por medio de fenómenos sobrenaturales. Es preciso, pues, estar atento a los signos de los tiempos.

¿Las lacrimaciones inexplicables de imágenes de la Santísima Virgen y de San José ocurridas en Costa Rica y Guatemala, bien pueden ser de esas señales de la Providencia?

Fue así que, recientemente, el pasado 25 de abril, en la Casa de Formación de los Heraldos del Evangelio, en San José Pinula, en las proximidades de Ciudad de Guatemala, cerca de las 15:30 horas, un joven aspirante de la institución constató con sorpresa que de los ojos virginales de la Imagen Peregrina de Nuestra Señora de Fátima corrían abundantes lágrimas.

Inmediatamente corrió a llamar a sus compañeros de estudios y al superior de la casa, quienes constataron igualmente sorprendidos el inexplicable fenómeno, de cuyo origen sobrenatural nadie dudó.

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De por sí, el hecho es ya completamente extraordinario. Y si hubiese quedado por ahí, ya sería suficiente para conmover el corazón de cualquier fiel. Pero las señales del cielo no pararon.

También en Costa Rica

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También en San José de Costa Rica, en la casa de los Heraldos del Evangelio, se repetía idéntico fenómeno. Una imagen peregrina comenzó a verter abundantes lágrimas.

El jovencito que primero presenció el fenómeno fue a llamar a su encargado, avisándole de lo ocurrido. Y le advirtió que otra imagen también vertería lágrimas. Y que en Guatemala idéntico hecho ocurriría igualmente.

Ante la constatación de los hechos, preguntaron a ese joven aspirante como sabía con tanta certeza lo que estaba ocurriendo. A lo que él respondió que una muy bondadosa señora se lo decía.

Una extraordinaria lacrimación ocurrió también en un cuadro de la Madre del Buen Consejo el pasado 26 de abril, celebración de su fiesta litúrgica, también en Costa Rica, en la casa de los Heraldos del Evangelio, y en Guatemala una imagen de San José vertió copiosas lágrimas.

 

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En España una imagencita vertió lágrimas de sangre

En España, fue una pequeñita imagen de Nuestra Señora de Fátima, adquirida en el Santuario de Fátima, en Portugal, por una niña que frecuentaba los programas de formación de la rama femenina de los Heraldos del Evangelio, que durante el viaje de regreso vertió lágrimas de sangre.

En total, son ya 11 imágenes que derramaron lágrimas en abundancia.

Las fotos que aquí se publican son más elocuentes que cualquier discurso, por lo que dejamos por cuenta del perspicaz lector la interpretación de fenómeno tan extraordinario y único en la historia contemporánea. Que una imagen vertiese lágrimas, ya en el pasado se había visto en no pocas circunstancias. Pero que 11 imágenes derramen lágrimas casi simultáneamente y dentro de la misma institución, es algo realmente inédito.

¿Nueva y más vehemente advertencia al mundo, en la víspera de celebrar los 101 años de las apariciones de Fátima? Pero, ¿no es también una señal de aliento para aquellos que ponen su esperanza en el Mensaje de Fátima y en las promesas del triunfo del Inmaculado Corazón de María?

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Dios, manifestándose a través de las imágenes de su Santísima Madre y de San José, no está de espaldas al mundo, sino que hace oír de forma más vehemente sus pasos en la Historia.

Es el Señor que se aproxima. Felices de aquellos a quien su Señor encuentre preparados.

Por José Antonio G. Dominguez, corresponsal de Gaudium Press – México
Contenido publicado en
 es.gaudiumpress.org.

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El peso real de “ser creyente”

 

Ser cristianos, ser creyentes… no es cuestión de estar anotados en los registros de bautismos. Ser cristianos es, en primer lugar, una cuestión de fe, de adhesión personal y libre a la persona y al mensaje de Jesucristo.

Si la persona y el mensaje de Jesús no se convierten en el centro de la propia existencia, se podrá hablar de estadios de religiosidad pero nunca de fe propiamente dicha.

Puede una persona tener actos religiosos pero no necesariamente tener una fe auténtica y plena. Cuántos actos de religión se suceden en las vidas de muchas personas: algunos rezos, alguna devoción, santiguarse al pasar por una iglesia, una peregrinación a un santuario por promesa, etc., etc…

Ahora bien, no siempre tales actos religiosos están respaldados y acompañados por una vida de compromiso y de perseverancia en los mandatos divinos y enseñanzas de la Iglesia.

En esto, seamos sinceros, todavía tenemos mucho que hacer, ya que el criterio de identidad cristiana para una gran mayoría sigue siendo el “estoy bautizado y creo que hay algo…”

 Además, con nuestra misma forma de expresarnos, hemos ido confundiendo más las cosas, como por ejemplo, cuando alguien dice “soy católico, pero no practico”. Acaso esa afirmación ¿no es una manera sofisticada de negar lo mismo que se está afirmando? ¿Es posible ser creyentes sin ejercitar la fe, sin  dejar que la fe atraviese todas las dimensiones de nuestra vida, sobre todo lo privado como lo público?

Queridos hermanos, es necesario que esta fe se convierta en vida, en apasionamiento por la vida al estilo de Jesús. El mensaje de Cristo no es una abstracción, aunque lamentablemente nos hemos empeñado en encerrarlo en fórmulas dogmáticas y contentarnos con darle una mera adhesión teórica.

La fe sin el testimonio, y la Misa sin la misión es algo que no se termina de entender… Cada Misa termina con el “vayan en paz” de despedida que imparte el sacerdote a la comunidad reunida. Habrá que ver si entendemos la densidad de esas palabras y el reto que implica. No se trata de volvernos a nuestra casa tranquilos y contentos, con ese aire de satisfacción por haber cumplido con el precepto y con Dios. El “vayan en paz” es más bien un imperativo a llevar la paz, a caminar por las calles de la paz, a abrir senderos de paz en medio de la turbulencia y del caos.

La misión es ser heraldos de paz, instrumentos de su Paz…

P.F. Pbro. Claudio Bert (1964/2017)

 

MARÍA DEL BUEN AMOR 25 DE FEBRERO

““Feliz de ti María…hija Santa de Israel”, hace muchos siglos que este cántico de alabanza se levanta desde nuestro suelo para proclamar sin descanso las grandezas que el mismo Dios ha hecho en María.

Hoy no quiero predicar sobre María, hoy quiero proclamarla, venerarla y bendecirla… y derramar en su presencia la fragancia de mi admiración filial porque Ella ha sido y será por siempre nuestra Madre.  Y el mejor elogio a una madre no comienza cuando empezamos por describir sus cualidades y virtudes…el elogio más preciado es cuando nos atrevemos a decirle sin demasiadas conjugaciones gramaticales, lo mucho que la amamos y cuánto más la necesitamos.

La proclamamos feliz, inmensamente feliz, porque no buscó otra fuente donde saciar su sed de plenitud, más que en Aquel Dios Amoroso que la visitó llenándola de gracia allá en la plenitud de los tiempos humanos, cuando el Verbo del Padre andaba buscando una morada donde acampar en este éxodo desde el Cielo.

Queremos hoy honrarte como el mismo Dios te honró y queremos amarte como Jesús te amó. Vaya esta pretensión humana…siempre teniendo aspiraciones tan grandes…como pretendiendo imitar los gestos de Dios y de Jesús. Podemos en verdad, honrarla como el mismo Dios lo ha hecho y lo hace…será el amor nuestro como el amor que Jesús le prodigó en toda su existencia y ahora le comparte en la eternidad?

María, tú te has mostrado como Madre, y hoy siento que tu maternidad amorosa me rebalsa el corazón y humecta mis entrañas de un júbilo y de una paz tan singular como pocas de esta creación pudieran granjearme.

Como decían los antiguos: “de Maria nunquam satis”, de María nunca sabemos demasiado…de su Misterio sólo captamos aquello que el mismo Dios nos permite conocer por esta cercanía que la Virgen Madre tiene con nuestra condición humana. Tú eres tan humana Madre…pero tan divinamente anclada en las profundidades del misterio santo de Dios, que no podemos sino experimentar a un mismo tiempo tu inmediatez trascendental.

Te confieso Madre mi admiración y me inclino delante de tu imagen para recibir esas bendiciones y gracias que el Corazón de tu Hijo tiene para nosotros y que tus manos abiertas nos ofrecen como dos patenas purísimas que sostienen el santísimo Cuerpo de Jesús.

“y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”. Qué honor nos has hecho al aceptar nuestra casa como tuya; has querido condescender hasta las estrecheces de nuestra vida, tú  que te dejaste habitar por la eternidad misma de Dios. Y quizá porque tú supiste de esas tensiones de juntar tu pequeñez con la inmensidad del buen amor del Cielo, es que ahora aceptas complacida habitar en los límites de nuestra vida tan marcada por las contradicciones del pecado. Cómo hacer Madre para que nuestra casa sea cada día más un templo donde tú puedas visitarnos y morar hasta el último suspiro de nuestra vida terrenal.

Quisiera pedirte María del Buen Amor que en esta hora de alabanza en que nos permites celebrar el prodigio de tu ser Maternal, nos concedas el don de la sabiduría para que en estos tiempos finales de la historia, en los que la misma Providencia divina te ha puesto, y donde tú vienes a visitarnos, podamos recordar que sólo es posible ser inmensamente feliz por el camino de tu obediencia tan filial a los designios del Padre.

PADRE FUNDADOR PBRO Claudio Bert(1964-2017)

Día de los Santos Inocentes.

 

Quizá lo que más nos cuesta entender es que la Navidad del Señor no es un día del calendario sino una de las verdades sustantivas de nuestra fe, que tiene que ser expresada más allá de las palabras… Es decir, la confesión de fe traducida en un obrar de luz y de verdad.

Rezar en voz alta la afirmación del Credo: “nació de Santa María Virgen…” no nos ofrece demasiada dificultad, los problemas se despiertan cuando mi vida no se ajusta a la confesión de mis labios. Por eso la Oración Colecta de esta fiesta nos habla, precisamente, de esta cuestión: “…que podamos dar testimonio, con la vida, de la fe que confesamos con los labios…”

Si Dios es un misterio de Luz, como lo dice San Juan hoy en la primera lectura, recibir a este Dios que vino a poner su morada en medio nuestro, significa caminar en la luz y ahuyentar las tinieblas de la propia vida. Desde Belén de Judá el drama de la humanidad se juega en este acoger la luz o darle la espalda a la luz. Y la experiencia nos confirma aquella sentencia del evangelista en el Prólogo: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron”, “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”.

Estos días de Navidad la liturgia nos auxilia con los hermosos textos del gran teólogo de la Navidad que es San Juan. Sus escritos nos avecinan a la contemplación del Santo Pesebre que nos interpela a ajustar nuestra vida con el foco de luz que empezó a brillar en el centro de la historia. Cada día experimentamos- dentro y fuera de nosotros- esos restos de tinieblas que, si no se asumen, si se los esconde sin más, nos llevan al autoengaño de la mentira, de la hipocresía y por lo tanto nos privan de esa experiencia de rehabilitación que Dios nos trae, a condición de que nosotros asumamos que sigue habiendo oscuridad en algún rinconcito de mi vida… “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y purificarnos de toda maldad” (San Juan).

El misterio de la Huida del Señor a Egipto y la ejecución de esos inocentes que decretó Herodes nos ayudan a tomar conciencia de cómo la Navidad se va convirtiendo en un camino de exigencias, un camino en el que asomarán las dificultades y el combate de las tinieblas que repudian la luz. Así vivieron la Santísima Virgen y San José el nacimiento del Niño. Una navidad que lleva el signo de la cruz en su misma entraña. Jesús fue perseguido desde la cuna y arrestado recién el Huerto de los Olivos. Su Madre y José cuidan la Navidad obedeciendo las indicaciones que el mismo Cielo les hace…

Mirando al José bueno que sale en la noche con el Niño y su Madre en el camino del exilio, aprendemos que todos debemos hacernos cargo de ese paso del Señor por nuestra vida. Al amor de Dios se le responde con el amor del compromiso y de la lucha. Es verdad que el amor de Dios se ha manifestado en Navidad. Pero el mal existe, y el desamor de los hombres ocasiona en la historia tragedias como ésta que nos relata el evangelio.

Padre Claudio Bert (1964/2017)

ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA DEL ADVIENTO

Nuestra Señora del Adviento
Madre de todas nuestras expectativas
Tú que sentiste tomar carne en tu seno
La Esperanza de tu pueblo,
la Salvación de Dios,
Sostiene nuestras maternidades
y paternidades, carnales y espirituales.
 
Madre de todas nuestras esperanzas,
Tú que acogiste el poder del Espíritu
Para dar carne a las promesas de Dios,
Concédenos encarnar al Amor,
Signo del Reino de Dios,
En todas las acciones de nuestra vida.
 
Nuestra Señora del Adviento,
Madre de nuestra vigilancia,
Tú que diste un rostro a nuestro futuro,
Fortifica a los que dan a luz con dolor
Un mundo nuevo de justicia y de paz.
 
Tú, que contemplaste al Niño de Belén,
Haznos atentos a los signos imprevisibles
De la ternura de Dios.
 
Nuestra Señora del Adviento
Madre del Crucificado,
Tiende tu mano a los que mueren
Y acompaña su nuevo nacimiento
En los brazos del Padre.
 
Nuestra Señora del Adviento, icono pascual,
Concédenos esta gozosa vigilancia que discierne,
En el tejido de la vida cotidiana,
En el paso y en la venida de Cristo el Señor.

 

 

Mirar a San José en el tiempo de adviento.

 

Si alguna vez existió un hombre que merezca el esplendor del Cielo, es San José.

Un hombre justo que vivió una vida honorable y santa.

Y que está unido a su amada esposa María y a Jesús, el Hijo Eterno, a quien crio como su propia carne y sangre.

Se dice muy poco sobre San José en las páginas de las Sagradas Escrituras.

Pero hay un gran cuerpo de enseñanzas acerca de este gran Santo en los escritos de los Padres y Doctores de la Iglesia y en la tradición oral de nuestra fe.

LA SANTIFICACIÓN DE JOSE DESDE SU NACIMIENTO

El Padre celestial santificó a José, para que cuando llegara el momento, se casara con la Santísima Virgen María, cuidara a Nuestro Señor Jesús como su propio hijo, y fuera el esposo y padre más perfecto y santo.

San Alfonso María de Ligorio dice que dado que Dios escogió a San José para ocupar el cargo de padre del Verbo Encarnado, debemos creer que Él le confirió toda la santidad para tal oficio.

Entre otros privilegios, José tenía tres que eran especiales.

En primer lugar fue santificado en el vientre de su madre, como lo fueron Jeremías y San Juan el Bautista.

En segundo lugar, al mismo tiempo fue confirmado en gracia.

Y en tercer lugar, siempre estuvo exento de las inclinaciones de la concupiscencia, un privilegio con el que San José favorece a sus devotos, librándolos de los apetitos carnales.

Piadoso y religiosamente observante, es ante todo y por sobre todo, un hombre justo; a no confundirse, no está sometido a las veleidades de una limitada balanza humana. Antes bien, es justo con mayúsculas porque ajusta su voluntad a la del Dios del Universo por encima de todas las cosas.

Pero es un hombre que sabe oír y escuchar: ante el consejo de un Mensajero, no vacila y toma a María por esposa, casa en común, hogar fecundo
-habría que imaginarse, por un momento, una fiesta campesina allí en esa aldea, en honor de los noveles esposos-

El carpintero trabaja y trabaja; ya no es un hombre solo, hay una esposa con un hijo en camino que necesitan el sustento que puedan procurar sus manos encallecidas.
Así los días, del amanecer al ocaso, madera y esfuerzo, y un vientre amado que crece ante sus ojos mansos.

En este Adviento, dejando de lado cualquier intento laudatorio o ansias de reivindicar, grato es volver la mirada a José de Nazareth.
Y con él, a tantas y tantos Josés silenciosos y serviciales, mansos y humildes renegados de cualquier éxito, siempre disponibles allí donde se los necesite, decididos protectores de esta Vida que se nos regala y que se viene asomando en pañales.

Fiesta de Cristo Rey del Universo

 

Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros.

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.

 Vale la pena buscarlo y encontrar a Jesús,  vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra.

La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Así podremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.

Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.

También debemos  imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Y por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.