Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Bibliografia

Texto evangélico: San Juan 19, 31-37

El relato que hace San Juan en su evangelio, es el recuerdo imposible de olvidar, de aquella hora del Calvario, cuando estando presente debajo de la santa cruz, fue testigo directo de esa finura del amor divino, que no se reservó ni el poco de sangre que quedaba en el tejido de su Corazón. La descripción y los detalles que nos consigna el evangelista nos certifican, al mismo tiempo, qué amor más puro y entrañable le profesó a su Señor desde aquella hora que él mismo registra, cuando fueron y se quedaron con Él toda la tarde. w“Cuando llegaron a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con su lanza, le atravesó el costado”.

Seguramente, el apóstol quiere decir mucho más de lo que dicen sus palabras. Las palabras son como un portal que se abre, para que “podamos conocer el amor de Cristo que supera todo conocimiento” (San Pablo) Hasta el final, Jesús ha sido el testimonio de viviente de un Amor que se dice en palabras y se materializa en hechos contundente, como el que san Juan contempla admirado y respetuoso, junto a la Madre de Jesús, en la cima del Gólgota. Ésta es una jornada para contemplar el Amor invicto de Dios: “Mirarán al que traspasaron”. Contemplar al que traspasaron es contemplar admirativamente a este Señor que se deja romper el corazón… Nosotros no miramos una idea, un concepto; nuestros ojos sólo están fijos en Jesús muerto y resucitado, con su Corazón al descubierto que nos revela el insondable Misterio de la misericordia del Padre.

Estamos frente al primer ícono del Sagrado Corazón de Jesús. Jesús, la Vida, entregándola libremente, dejándose como devorar por la muerte atroz, la muerte que sepultará todas nuestras muertes. Su Corazón lacerado, goteando la sangre y el agua de la nueva Vida, de una Plenitud que quiere compartir y beber con cada uno de nosotros. Contemplamos a este Dios que sigue hablando “palabras de vida eterna”. Y su Costado herido, que seguirá resonando en la historia y por la toda la eternidad, con más potencia que mil palabras… Desde Belén hasta el último suspiro con el que puso su vida en las manos del Padre, Jesús nos enseñó su descomunal Corazón. Nunca disimuló la ternura y la pasión de amor que latía en sus entrañas divinas y humanas.

Toda su obra no tiene otra razón de ser que el amor mismo, su Amor divino-humano que busca la comunión eterna con aquellos que ama inexplicablemente.

La devoción al Corazón de Jesús, esta espiritualidad tan arraigada y difundida en el cuerpo de la Iglesia, y que no tiene nada de intimista, es la devoción mayúscula – no una devoción entre otras – que nos hace experimentar el Misterio central de nuestra fe: la Encarnación del Hijo eterno de Dios, es decir, Jesús de Nazaret, el Misterio del Amor que ha de ser acogido en una actitud de de amor. No basta con hacer cada tanto un acto de fe en el amor de Jesús por nosotros. Necesitamos vivir esta certeza cada dia.

Cuando lleguemos a vivir en la certeza de este Amor de Dios, derramado en nuestros corazones; una certeza que no se adquiere como una apropiación intelectual, sino más bien, a partir de la experiencia cotidiana del ser alcanzados por una Misericordia grande, que se aproxima a las pequeñas miserias y debilidades de nuestra existencia, sólo entonces la vida adquiere dimensiones nuevas, insospechadas, que por lo general, nos llevarán de asombro en asombro. Como llega a decir Juan: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él”. Jesús hablará de “su yugo suave y de su carga ligera”. Es decir, nos carga con todo el peso de su infinito amor creador. Un amor que puede convertir las piedras del corazón, en un corazón de compasión semejante al Suyo…

La Fiesta de hoy nos invita a ese trabajo artesanal del corazón, de la interioridad. A poner orden y equilibrio allí donde otros quieren entrar bruscamente y sin permiso, para robarnos la vida. Al Dios puro Corazón, que nos ha precedido en el amor y nos llevará siempre la delantera, hoy le mostramos nuestro corazón vulnerable. A su cuidado intensivo le encomendamos arregle las disfunciones cardíacas que afectan la globalidad de nuestra vida y, si es necesario, nos trasplante un corazón Nuevo.

Padre CLAUDIO BERT

 

¿Qué quieres?

¿Qué quiero, mi Jesús?…Quiero quererte, cuanto hay en mí, del todo darte sin tener más placer que el agradarte, sin tener más temblor que el ofenderte.

Quiero olvidarlo todo y conocerte, quiero dejarlo todo por buscarte, quiero perderlo todo por hallarte, quiero ignorarlo todo por saberte.

Quiero, amable Jesús, abismarme en ese dulce hueco de tu herida, y en sus divinas llamas abrasarme.

Quiero por fin en ti transfigurarme morir a mí, para vivir tu vida, perderme en ti, Jesús, y no encontrarme.

Calderón de la Barca

El compañero del Camino.

“Después de que los dos discípulos reconocieron a Jesús en la posada de Emaús, Jesús <desapareció de su presencia> (Lucas 24,31). El reconocimiento y la desaparición de Jesús son uno y el mismo acontecimiento al mismo tiempo. ¿Por qué? Porque los discípulos cayeron en la cuenta de que Jesús… vivía en ese momento EN ellos…que se habían convertido en portadores de Jesús. Por tanto, Jesús no está ya sentado al otro lado de la mesa, como un extraño… Ha llegado a ser UNO con ellos. Les ha dado su propio Espíritu de Amor. El compañero de viaje se ha convertido en el compañero del alma. Ellos están vivos, pero no son ya ellos mismos, sino Cristo viviente en ellos.”

HENRI NOUWEN

 

Mirarse el corazón. Bibliografia

“Los que han descendido al misterio profundo de sus corazones y han hallado el hogar íntimo donde encuentran a su Señor, llegan al misterioso descubrimiento de que la solidaridad es la otra cara de la moneda de la intimidad. Se hacen conscientes de que la intimidad del hogar de Dios incluye a todos. Empiezan a ver que el hogar que han encontrado en su ser más íntimo es tan amplio que en él cabe toda la humanidad.”

(Henri NOUWEN, 1986)

En el día del padre.

“Los que han descendido al misterio profundo de sus corazones y han hallado el hogar íntimo donde encuentran a su Señor, llegan al misterioso descubrimiento de que la solidaridad es la otra cara de la moneda de la intimidad. Se hacen conscientes de que la intimidad del hogar de Dios incluye a todos. Empiezan a ver que el hogar que han encontrado en su ser más íntimo es tan amplio que en él cabe toda la humanidad.”

Recordamos y saludamos hoy a todos lo padres, a los que están junto a nosotros y a los que nos miran desde el cielo. 

Especialmente a ti querido Padre Claudio quien  fuiste padre presente y Bueno, gran amador del necesitado y enfermo, padre de todos nosotros Servidores y tantos  fieles que te recordamos en cada momento de nuestro caminar. Descansa en paz junto a tu Dueño, el Señor de la Misericordia y en los brazos de tu Santísima Madre. 

 

 

 

La voz de la Madre.

“Nosotros no escuchamos la voz dulce, la voz amable, la voz femenina, la voz de la Madre: sin embargo ella nos habla por doquier y en todo. La sabiduría deja oír su voz en las plazas públicas: Si alguien es pequeño, que venga a mí. ¿Quién es más pequeño que el hombre desamparado, dormido en su lecho, que se ha confiado a sí mismo alegremente al sueño y a la noche? A él es a quien despertará la voz amable; todo lo que en la mujer es dulce lo despertará. No para la conquista y el placer, sino para la más profunda sabiduría del amor, el gozo y la comunión”

 

La Señora del Cielo y la Eucaristía. Bibliografía


“¡Apreciad si podéis, las adoraciones, los homenajes, los cariños de María hacia su Divino Hijo en el momento de nacer! Adorad a Jesús cuando reposa en sus brazos o adormece en su regazo.

¡Qué magnífico Ostensorio es María, ostensorio fabricado con esmero por el propio Espíritu Santo! ¿Puede existir algo más bonito que la Santísima Virgen, incluso considerada únicamente en su exterior? Es el lirio purísimo, el lirio del valle, cándida como Él, y que germinó en tierra inmaculada.

¡María es el paraíso de Dios! Y la flor que en él se abre es Jesús, la flor de Jesé, y el fruto que produce es Jesús, ¡el trigo de los elegidos! ¡Cuánto se deleitó Dios embelleciendo a María!

¡He ahí el Ostensorio del Verbo recién nacido! ¡He ahí el canal por donde viene a nosotros Jesús!

Sí, la Eucaristía comenzó en Belén, entre los brazos de María. ¡Fue ella la que trajo a la humanidad hambrienta el único pan que podría saciarla!

¡Fue María la que nos conservó el pan! ¡Oveja Divina, nutrió con su leche virginal al Cordero cuya carne vivificante sería nuestro alimento más tarde!”

Practicad pues la Misericordia terrena y recibireis la Misericordia celestial . Bibliografia

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.”Dulce es el nombre de misericordia, hermanos muy amados; y, si el nombre es tan dulce, ¿cuánto más no lo será la cosa misma? Todos los hombres la desean, mas, por desgracia, no todos obran de manera que se hagan dignos de ella; todos desean alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla.

Oh hombre, ¿con qué cara te atreves a pedir, si tú te resistes a dar? Quien desee alcanzar misericordia en el cielo debe él practicarla en este mundo. Y, por esto, hermanos muy amados, ya que todos deseamos la misericordia, actuemos de manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre después en el futuro. Hay en el cielo una misericordia, a la cual se llega a través de la misericordia terrena. Dice, en efecto, la Escritura: Señor, tu misericordia llega al cielo.

Existe, pues, una misericordia terrena y humana, otra celestial y divina. ¿Cuál es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? Sin duda, la que consiste en el perdón de los pecados. Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria definitiva. Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo él mismo: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere recibir en la tierra.

¿Cómo somos nosotros, que, cuando Dios nos da, queremos recibir y, cuando nos pide, no le queremos dar? Porque, cuando un pobre pasa hambre, es Cristo quien pasa necesidad, como dijo él mismo: Tuve hambre, y no me disteis de comer. No apartes, pues, tu mirada de la miseria de los pobres, si quieres esperar confiado el perdón de los pecados. Ahora, hermanos, Cristo pasa hambre, es él quien se digna padecer hambre y sed en la persona de todos los pobres; y lo que reciba aquí en la tierra lo devolverá luego en el cielo.

Os pregunto, hermanos, ¿qué es lo que queréis o buscáis cuando venís a La iglesia? Ciertamente la misericordia.Practicad, pues, la misericordia terrena, y recibiréis la misericordia celestial. El pobre te pide a ti, y tú le pides a Dios; aquél un bocado, tú la vida eterna. Da al indigente, y merecerás recibir de Cristo, ya que él ha dicho: Dad, y se os dará. No comprendo cómo te atreves a esperar recibir, si tú te niegas a dar. Por esto, cuando vengáis a la iglesia, dad a los pobres la limosna que podéis, según vuestras posibilidades.

Autor: San Cesáreo de Arlés. Sermón 25,1