Porque se debe restaurar la devoción al Inmaculado Corazón de María. Bibliografía

El día 13 de junio de 1917, fiesta de San Antonio de Padua, Patrono de Lisboa, donde nació un día de la Asunción de la Virgen a fines del siglo XII, ese día, en su segunda aparición de Fátima, la Virgen Santísima mostró su Corazón y dijo estas palabras desgraciadamente no valoradas durante casi un siglo: “Jesús quiere instaurar en el mundo la devoción  a Mi  Inmaculado Corazón”.

La devoción al Inmaculado Corazón de María es la devoción propia de Dios, si así se nos permite expresarlo, recordando las afirmaciones de los Santos: el primer devoto del Corazón de su Madre es el propio Jesús. Por eso, y teniendo en cuenta que el corazón es el lugar donde reposa todo lo que es una persona, podemos leer estas enseñanzas del gran maestro de la devoción mariana, San Luis María de Montfort, agregando las palabras Inmaculado Corazón sin cambiar el sentido que le ha dado el santo:

“Dios Padre ha hecho una reunión de todas las aguas, que  ha llamado mar; ha hecho una reunión de todas las gracias, que ha llamado María, dice San Antonio. Este gran Dios tiene un tesoro riquísimo donde ha encerrado todo lo que hay de bello, de resplandeciente, de raro y precioso, hasta su propio Hijo; y este tesoro inmenso no es otro que el Inmaculado Corazón de María, que los Santos llaman el Tesoro del Señor, de cuya plenitud son enriquecidos los hombres.

Dios Hijo ha comunicado al Inmaculado Corazón de su Madre todo lo que Él ha adquirido por su vida y su muerte, sus méritos infinitos y sus virtudes admirables.

Dios Espíritu Santo ha comunicado al Inmaculado Corazón de María, su fiel esposa, sus dones inefables, y lo ha elegido por dispensador de todo lo que posee”

A las almas devotas del Corazón Inmaculado de la María, la Virgen promete la salvación y una predilección especialísima de Dios como lo demuestran las palabras que siguieron a la manifestación del 13 de junio de 1917: “Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón, a quien la abrazare prometo la salvación, y que estas almas serán queridas por Dios como flores puestas por mí para adornar su trono” (Escritos de Sor Lucía).

Por eso  mucho antes del establecimiento divino de la devoción, el mismo San Luis Grignion de Montfort mientras nos daba las enseñanzas de la consagración a María en la santa esclavitud, exclamaba:

“Quiero lo que Vos queráis María;
me arrojo en Vuestro Corazón abrasado de amor,
divino molde en el que quiero formarme,
y en él me escondo y me pierdo para rogar,
obrar, sufrir siempre por Vos, con Vos y para Vos,
a la mayor gloria de Vuestro Divino Hijo Jesús”

P. Claudio Bert.

APRENDER A ESPERAR (Henri Nouwen).

Una espera activa.

Esperar resulta esencial para la vida espiritual. Pero esperar como discípulo de Jesús no es una espera vacía, sino una espera con una promesa en nuestro corazón que hace ya presente lo que esperamos. Durante el Adviento esperamos el nacimiento de Jesús. Después de Pascua esperamos la venida del Espíritu y después de la Ascensión de Jesús esperamos su nueva venida gloriosa. Siempre estamos esperando, pero es una espera vivida en el convencimiento de que ya hemos visto las huellas de Dios. Esperar a Dios es una espera activa, alerta, ¡sí, gozosa! Mientras esperamos recordamos a aquel que creó una comunidad preparada para darle la bienvenida cuando Él venga.

 

Esperar con paciencia.

¿Cómo esperamos a Dios? Esperamos con paciencia. Pero paciencia no significa pasividad. Esperar pacientemente no es como esperar el autobús, o que deje de llover, o que salga el sol. Se trata e una espera activa en la que vivimos el momento presente al máximo para encontrar en él las señales de Aquel que estamos esperando.
La palabra paciencia viene del verbo latino patior, que significa padecer. Esperar pacientemente significa padecer por el momento presente, saboreándolo plenamente, dejando que crezcan las semillas que están plantadas en el suelo que pisamos hasta convertirse en plantas resistentes Esperar pacientemente siempre significa prestar atención a lo que está ocurriendo ante nuestros propios ojos y ver en ellos los primeros rayos de la gloria venida de Dios.

 

Esperar expectantes.

Esperar pacientemente a Dios supone una gozosa expectativa. Sin una expectativa, nuestro espera puede quedar atrapada en el presente. Cuando esperamos expectantes nuestro entero ser permanece expuesto a verse sorprendido por la alegría.
A lo largo de los Evangelios Jesús nos pide que nos mantengamos despiertos y estemos alerta. Y San Pablo dice: “Ya es hora de levantarnos del sueño, pues nuestra salud está ahora más cerca que cuando empezamos a creer La noche está avanzada y se acerca ya el día. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y vistamos las armas de la luz” (romanos 13, 11 y 12). Es esta expectativa gozosa de la venida de Dios la que ofrece vitalidad a nuestras vidas. La expectativa del cumplimiento de las promesas que Dios nos hizo a nosotros nos permite prestar plena atención al camino que estamos recorriendo.

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Bibliografia

Texto evangélico: San Juan 19, 31-37

El relato que hace San Juan en su evangelio, es el recuerdo imposible de olvidar, de aquella hora del Calvario, cuando estando presente debajo de la santa cruz, fue testigo directo de esa finura del amor divino, que no se reservó ni el poco de sangre que quedaba en el tejido de su Corazón. La descripción y los detalles que nos consigna el evangelista nos certifican, al mismo tiempo, qué amor más puro y entrañable le profesó a su Señor desde aquella hora que él mismo registra, cuando fueron y se quedaron con Él toda la tarde. w“Cuando llegaron a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con su lanza, le atravesó el costado”.

Seguramente, el apóstol quiere decir mucho más de lo que dicen sus palabras. Las palabras son como un portal que se abre, para que “podamos conocer el amor de Cristo que supera todo conocimiento” (San Pablo) Hasta el final, Jesús ha sido el testimonio de viviente de un Amor que se dice en palabras y se materializa en hechos contundente, como el que san Juan contempla admirado y respetuoso, junto a la Madre de Jesús, en la cima del Gólgota. Ésta es una jornada para contemplar el Amor invicto de Dios: “Mirarán al que traspasaron”. Contemplar al que traspasaron es contemplar admirativamente a este Señor que se deja romper el corazón… Nosotros no miramos una idea, un concepto; nuestros ojos sólo están fijos en Jesús muerto y resucitado, con su Corazón al descubierto que nos revela el insondable Misterio de la misericordia del Padre.

Estamos frente al primer ícono del Sagrado Corazón de Jesús. Jesús, la Vida, entregándola libremente, dejándose como devorar por la muerte atroz, la muerte que sepultará todas nuestras muertes. Su Corazón lacerado, goteando la sangre y el agua de la nueva Vida, de una Plenitud que quiere compartir y beber con cada uno de nosotros. Contemplamos a este Dios que sigue hablando “palabras de vida eterna”. Y su Costado herido, que seguirá resonando en la historia y por la toda la eternidad, con más potencia que mil palabras… Desde Belén hasta el último suspiro con el que puso su vida en las manos del Padre, Jesús nos enseñó su descomunal Corazón. Nunca disimuló la ternura y la pasión de amor que latía en sus entrañas divinas y humanas.

Toda su obra no tiene otra razón de ser que el amor mismo, su Amor divino-humano que busca la comunión eterna con aquellos que ama inexplicablemente.

La devoción al Corazón de Jesús, esta espiritualidad tan arraigada y difundida en el cuerpo de la Iglesia, y que no tiene nada de intimista, es la devoción mayúscula – no una devoción entre otras – que nos hace experimentar el Misterio central de nuestra fe: la Encarnación del Hijo eterno de Dios, es decir, Jesús de Nazaret, el Misterio del Amor que ha de ser acogido en una actitud de de amor. No basta con hacer cada tanto un acto de fe en el amor de Jesús por nosotros. Necesitamos vivir esta certeza cada dia.

Cuando lleguemos a vivir en la certeza de este Amor de Dios, derramado en nuestros corazones; una certeza que no se adquiere como una apropiación intelectual, sino más bien, a partir de la experiencia cotidiana del ser alcanzados por una Misericordia grande, que se aproxima a las pequeñas miserias y debilidades de nuestra existencia, sólo entonces la vida adquiere dimensiones nuevas, insospechadas, que por lo general, nos llevarán de asombro en asombro. Como llega a decir Juan: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él”. Jesús hablará de “su yugo suave y de su carga ligera”. Es decir, nos carga con todo el peso de su infinito amor creador. Un amor que puede convertir las piedras del corazón, en un corazón de compasión semejante al Suyo…

La Fiesta de hoy nos invita a ese trabajo artesanal del corazón, de la interioridad. A poner orden y equilibrio allí donde otros quieren entrar bruscamente y sin permiso, para robarnos la vida. Al Dios puro Corazón, que nos ha precedido en el amor y nos llevará siempre la delantera, hoy le mostramos nuestro corazón vulnerable. A su cuidado intensivo le encomendamos arregle las disfunciones cardíacas que afectan la globalidad de nuestra vida y, si es necesario, nos trasplante un corazón Nuevo.

Padre CLAUDIO BERT

 

¿Qué quieres?

¿Qué quiero, mi Jesús?…Quiero quererte, cuanto hay en mí, del todo darte sin tener más placer que el agradarte, sin tener más temblor que el ofenderte.

Quiero olvidarlo todo y conocerte, quiero dejarlo todo por buscarte, quiero perderlo todo por hallarte, quiero ignorarlo todo por saberte.

Quiero, amable Jesús, abismarme en ese dulce hueco de tu herida, y en sus divinas llamas abrasarme.

Quiero por fin en ti transfigurarme morir a mí, para vivir tu vida, perderme en ti, Jesús, y no encontrarme.

Calderón de la Barca

En las vísperas del Sagrado Corazón. Bibliografia

El próximo Viernes 23 de junio,  la Iglesia nos invita a recostar nuestra cabeza en el pecho del Señor, como San Juan lo hizo en la cena del amor hasta el extremo. Es la actitud de la esposa que se deja acurrucar por el Amor inconmensurable de su Señor, quien ha dejado lacerar su costado, para que de su traspasado Corazón Sacratísimo nos llegasen los latidos de su misericordia. Deseo que sea un viernes de recogimiento y gratitud, donde podamos renovar nuestras continuas promesas de ser mejores discípulos de Jesús. El Señor mantiene inalterables todas y cada una de sus promesas. Somos nosotros quienes no hemos de olvidarlo.  

Qué feliz ocasión para arrimar más aún nuestra vida a la Gracia Sanadora de su Corazón manso y humilde. Padre CLAUDIO BERT.  

Sagrado Corazón, en vos confío

postrado ante tus pies humildemente, vengo a pedirte dulce Jesús mío, poder repetir constantemente: Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío. Si la confianza es prueba de ternura, esta prueba de amor darte yo ansío, aún cuando esté sumido en mi amargura, Corazón de Jesús, en vos confío. En las horas más tristes de mi vida, cuando todos me dejen, ¡Oh, Dios mío!, y el alma esté por penas combatida, Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío. Aunque sienta venir la desconfianza, y aunque todos me miren con desvío, no será confundida mi esperanza: Corazón de Jesús, en vos confío. Si contraje contigo santa alianza y te di todo mi amor y mi albedrío, ¿cómo ha de ser frustrada mi esperanza? Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío. Y siento una confianza de tal suerte, que sin temor a nada, Jesús mío, espero repetir hasta la muerte: Corazón de Jesús, en vos confío.  

Jueves sacerdotal. Bibliografia

La tarde del Jueves Santo evoca la historia de aquella Cena en la que el Señor se mostró como Siervo y el Sacerdote se colocó en el lugar de la Víctima que debía inmolarse en sacrificio redentor de hombres.

Día para seguir adentrándonos en la espesura del amor y en potencia de la misericordia que se sacramentaliza en el don eximio del Pan bendecido y entregado y en el don del sacerdocio: para que el memorial del Amor misericordioso de Jesús se perpetuara por los siglos de los siglos.

Con el beato Manuel Gónzalez, apóstol de la Eucaristía y de los Sagrarios abandonados, te digo Señor:

“Corazón de Jesús Sacramentado, por tu Madre Inmaculada te pido, dejar sabor y olor de Ti en pos de mí”

P. Claudio Bert.

Dichosos los pobres de espíritu. Bibliografia

Del Sermón de san León Magno, papa, Sobre las bienaventuranzas (Sermón 95, 2-3: PL 54, 462)

No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres en su indigencia se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio, los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad, considerando que su mejor ganancia es emplear los bienes que poseen en aliviar la miseria de sus prójimos.

El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues, aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bienes del cielo. Después del Señor, los apóstoles fueron los primeros que nos dieron ejemplo de esta magnánima pobreza, pues, al oír la voz del divino Maestro, dejando absolutamente todas las cosas, en un momento pasaron de pescadores de peces a pescadores de hombres y lograron además que muchos otros, imitando su fe, siguieran esta misma senda. En efecto, muchos de los primeros hijos de la Iglesia al convertirse a la fe, no teniendo más que un solo corazón y una sola alma, dejaron sus bienes y posesiones y, abrazando la pobreza, se enriquecieron con bienes eternos y encontraban su alegría en seguir las enseñanzas de los apóstoles, no poseyendo nada en este mundo y teniéndolo todo en Cristo.

Por eso el bienaventurado apóstol Pedro, cuando al subir al templo se encontró con aquel cojo que le pedía limosna, le dijo: No tengo oro ni plata; pero lo que tengo te lo doy: En el nombre de Jesús Mesías, el Nazareno, camina. ¿Qué cosa más sublime podría encontrarse que esta humildad? ¿Qué más rico que esta pobreza? No tiene la ayuda del dinero, pero posee los dones de la naturaleza. Al que su madre dio a luz deforme, la palabra de Pedro lo hace sano; y el que no pudo dar la imagen del César grabada en una moneda a aquel hombre que le pedía limosna, le dio, en cambio, la imagen de Cristo al devolverle la salud. Y este tesoro enriqueció no sólo al que recobró la facultad de andar, sino también a aquellos cinco mil hombres que, ante esta curación milagrosa, creyeron en la predicación de Pedro. Así aquel pobre apóstol, que no tenía nada que dar al que le pedía limosna, distribuyó tan abundantemente la gracia de Dios que dio no sólo el vigor a las piernas del cojo, sino también la salud del alma a aquella ingente multitud de creyentes, a los cuales había encontrado sin fuerzas y que ahora podían ya andar ligeros siguiendo a Cristo.

P. Claudio Bert.

Sin contemplación el Rosario es un cuerpo sin alma. Bibliografia

«Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: “Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad” (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza».

                                   Beato Pablo VI (Ex. Apostólica Marialis cultus, 47)