Información de la FOPSME y de la Obra Padre Claudio Bert

La Fundación y la Obra Pequeños Servidores de la Misericordia Eucarística, Obra del Padre Claudio Bert, ubicada en la calle Larrea 336  3B, CABA,  atiende los días lunes, miércoles y viernes a partir de las 15 hs, realizando las mismas actividades que desde su comienzos se efectuaban, viviendo el carisma del P. Fundador y haciéndolo conocer para el bien de todos aquellos que deseen y necesiten.

“Nada te turbe…sólo Dios basta” Bibliografía del P Bert.

del libro “En el dolor humano la compasión de Dios” del Padre Bert

“A la hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús dijo a sus discípulos…” Son  las palabras con que comienza el fragmento del Evangelio de esta tarde y nos sitúa en ese contexto dramático de la cercana muerte de Jesús. Son las palabras que dice alguien que está por morir, palabras que salen del corazón para el corazón de sus interlocutores. Maravilla la actitud de Cristo, volviéndose a sus amigos, los apóstoles, para confortarlos en esta hora de amargura y desconcierto que ellos ya están viviendo… Quien va camino a la muerte se preocupa por el sufrimiento de los que se quedan…entrañable sentido de la amistad éste que hoy nos ofrece el Señor. Les hago una observación más: notemos la conciencia que tiene Jesucristo de lo que es la realidad de la muerte-  palabra que hoy no aparece en el evangelio- pero él  se refiere a ella al decir: “me voy a la casa del mi Padre”.

 

Para la inquietud humana…Jesús tiene una respuesta divina: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí”. El Señor quiere a los suyos instalados en la paz, en la calma, en la serenidad del corazón; ese es el lugar de residencia del cristiano, su domicilio que no ha de cambiar por nada del mundo: la paz. Sin embargo, la paz profunda- que es gracia de Dios, por cierto- viene de la fe, de ese acto de fe profundo que hemos de hacer en la persona del Hijo: “crean también en mí”, nos dice esta tarde a cada uno de nosotros. Si hoy le queremos pedir al Señor que nos unja con su paz, también hemos de pedirle nos haga capaces de un acto de fe sin reservas, sin condiciones, sin rebajas de ninguna clase.

Pongo mi vida en tus manos Señor!!….Bibliografía del P Bert.

“Pongo mi vida en tus manos, Señor”

Hay una máxima de San Ignacio de Loyola que recuerdo con frecuencia: “No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el gustar de las cosas internamente”. Hay tanto para saber como para gustar, pero la sabiduría cristiana se consolida no como una acumulación de contenidos sino como un saborear y paladear las cosas que Dios nos va revelando de muchas y diversas maneras…

Poner la vida en las manos del Padre es poner la vida propia como la ajena bajo la guarda y amorosa conducción del Dios Bondadoso. Es ponerse no al resguardo de los peligros y tormentas que arreciarán llevarse lo mejor de nuestras siembras, sino ponerse en ese hogar de amor y de gracia que es el Corazón de Dios, que nos desinflamará las heridas del alma inflamándonos con la brisa de su ternura.

Termino susurrándole al Padre la “oración de abandono” del Beato Charles de Foucauld:

 

“Padre,

Me pongo en tus manos.

Haz de mí lo que quieras.

Sea lo que sea, te doy gracias.

Estoy dispuesto a todo,

lo acepto todo,

con tal que tu voluntad se cumpla en mí

y en todas tus criaturas.

No deseo más, Padre.

Te confío mi alma,

te la doy con todo mi amor.

Porque te amo

y necesito darme a Ti,

ponerme en tus manos,

sin limitación, sin medida,

con una infinita confianza,

porque Tú eres mi Padre”

Padre Claudio Bert

Jesús en la comunión. Bibliografía del p. Bert

Jesús de la Comunión,
que eres presencia inmanente;
Jesús de suaves preguntas
que, al preguntar, ya prometes:
conmigo estás, yo te adoro,
y el corazón se enternece.

 ¡Oh Jesús Misericordia,
debilidad del Más Fuerte;
el amor se hizo de carne,
la carne, manjar celeste;
y aquí te tengo comido
Dios en mi entraña presente!

Domingo de la Misericordia. Bibliografía

Hoy el evangelio comienza situando el día: “al atardecer del primer día de la semana” (Domingo). La segunda aparición del Señor, estando Tomás con el grupo, también se da en domingo: “ocho días más tarde…”
Verdaderamente el domingo se convierte en “ese día que hizo el Señor”, día que Él nos dedica a nosotros, día en su cercanía de amor tiene una mayor intensidad y fuerza para sus discípulos.
En la tardecita de ese primer domingo, los apóstoles tuvieron experiencias muy hondas y transfiguradoras:

-Jesús se pone en medio, trayendo el don pascual por excelencia, que es la paz verdadera.

-La Paz de Cristo es mucho más que un simple saludo. Es la Paz que contrasta con los miedos y las puertas cerradas. Una paz que dilata los espacios y trae una alegría inefable.

-En evangelio de Lucas dice que era tal la alegría y la admiración de los discípulos que se resistían a creer…

-En esos domingos el Resucitado comunica su Espíritu. El Espíritu Santo que es la Vida pascual de Cristo. Es la primera donación del Espíritu que hace Jesús… Espíritu y Vida que pone a los apóstoles en funciones: llevar el perdón, artesanos de la paz y de la reconciliación. Enviados.

¿Qué podríamos decir de la experiencia de nuestros domingos, que por lógica, debieran ser prolongación de estos domingos pascuales del Evangelio?
¿Son las Eucaristías dominicales, celebraciones de fe donde la mirada la ponemos en este Señor que viene trayendo la Vida, el Perdón, la Misericordia? ¿A quién miramos más… al que está sentado adelante, o al costado, al que preside… o miramos a Cristo?
El episodio de Tomás interpela a cada uno. Él no dio crédito al testimonio de sus compañeros. Para él la fe necesita de constataciones empíricas: él quiere “tocarle las heridas al Resucitado”.
Cuando lo tenga al Maestro delante suyo comprenderá que lo único importante es encontrar al Señor y no palparlo…
Y al encontrarlo y al dejarse encontrar ya desde el corazón, Tomás se rinde y se entrega en aquellas palabras tan sublimes: “¡Señor mío y Dios mío!”.
Y en esto consiste el acto de fe: no se trata de una elaboración conceptual, sino de una comunión de vida con el Viviente. Una comunión que cada día habrá de crecer en plenitud y perfección.
El evangelio de hoy termina con la máxima bienaventuranza de Jesús: “felices los que creen sin haber visto”. Ser cristiano quiere decir ser creyente. Vivir de la fe… Como decía el apóstol Pedro: “ustedes lo aman sin haberlo visto… seguros de alcanzar el término de esa fe”.
No buscamos tener visiones o fenómenos extraordinarios en los que apoyar nuestra fe. Somos felices – como la Virgen María y san José – creyendo en las promesas de Dios que ya empezaron a cumplirse.

Si todos los domingos del año son una oportunidad para acercarnos al Corazón misericordioso de Cristo, Él mismo quiso instaurar un domingo en el que nos aproximemos más íntimamente a esa Fuente de misericordia- y es éste domingo.

Jesús ha querido servirse de una hermana simple que vivió abandonada totalmente en Dios, para revelarnos las delicadezas de su infinito Amor hacia todos los hombres. Ella es Sor Faustina Kowalska (1905-1938). Vivió 33 años. Canonizada por el Beato Juan Pablo II en 2000.

¿Cómo se adora a la Divina Misericordia? Lo dirá el mismo Jesús: es la Confianza la esencia de esta devoción y la condición necesaria para alcanzar las gracias del Cielo. Dijo Nuestro Señor a santa Faustina: “Las gracias de mi misericordia se toman con un solo recipiente, que es al confianza. Cuánto más confíe un alma, tanto más recibirá”. “El alma que confía en mi misericordia es la más feliz, porque yo mismo tengo cuidado de ella” (Diario, 1273).

Una confianza ciega en la Misericordia de Dios: es decir, en su omnipotencia y en su querer y poder ayudarnos. Por eso Jesús pidió que debajo de la Imagen estuviese la firma que cada uno podrá rezar al pasar delante del Cuadro: “Jesús, en Vos confío”.

Pero la devoción a la Divina Misericordia no se hace sólo de oración confiada, sino también de las obras de misericordia. Jesús le dirá a la Santa: la Misericordia en las palabras y en las acciones y en la oración.

Jesús pidió que su Imagen sea bendecida en este domingo después de Pascua, y que a través de ella podremos beber todas las gracias de su misericordia: “Prometo que el alma que venere esta Imagen no perecerá. Yo mismo la defenderé como mi gloria” (Diario, 48).

El Señor desea que nuestro corazón sea sede de su Misericordia, y desde allí se derrame sobre todo el mundo. Que todo aquél que se acerque a nosotros no se marche sin confiar en esa infinita misericordia de Dios

Padre Claudio Bert

Ninguno coma de esta carne si antes no la adoró… Bibliografía


“En el libro del Apocalipsis cuenta San Juan cómo habiendo visto y oído aquello que le había sido revelado, se postró en adoración a los pies del Ángel de Dios (cfr. Ap22, 8). Postrarse o arrodillarse ante la majestad de la presencia de Dios, en humilde adoración, era una actitud de reverencia que Israel tomaba siempre ante la presencia del Señor. Dice el primer libro de los Reyes: “Cuando Salomón hubo acabado de dirigir al Señor esta oración y esta súplica, levantose delante del altar del Señor, donde estaba arrodillado con las manos tendidas al cielo, se puso de pie y bendijo a toda la asamblea de Israel” ( 1 Re 8,54-55). La postura de la súplica del rey es clara: se hallaba de rodillas ante el altar.

La misma tradición puede verse también en el Nuevo Testamento donde vemos a Pedro ponerse de rodillas delante de Jesús (cfr. Lc 5,8); también a Jairo, para pedirle que cure a su hija (cfr. Lc 8, 41); al samaritano cuando regresa a agradecerle (cfr. Lc 17, 16); y a María, hermana de Lázaro, para pedirle por la vida de éste (cfr. Jn 11, 32). La misma actitud de postración ante el estupor de la presencia y revelación divinas se advierte a lo largo del Apocalipsis (cfr. Ap.5, 8,14 y 19, 4).

También en la Iglesia, la convicción profunda de que bajo las Especies Eucarísticas el Señor está verdadera y realmente presente, y la creciente praxis de conservar la Santa Comunión en los tabernáculos, contribuyó a la práctica de arrodillarse en actitud de humilde adoración del Señor presente en la Eucaristía.

Respecto de la presencia real de Cristo bajo las Especies Eucarísticas, el Concilio de Trento proclamó: “que en el nutricio Sacramento de la Santísima Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, bajo estas especies está contenido verdadera, real y sustancialmente nuestro Señor Jesucristo” (DS 1651). Por esto la Eucaristía, pan transubstanciado en Cuerpo de Cristo y vino en Sangre de Cristo, Dios en medio de nosotros, debía ser recibida con estupor, máxima reverencia y actitud de humilde adoración. El papa Benedicto XVI subraya, recordando las palabras de San Agustín, “nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; peccemus non adorando” ( Enarraciones in Psamos 89, 9) (Ninguno como esa Carne si antes no la adoró. Pecamos si no la adoramos), que “recibir la Eucaristía significa ponerse en actitud de adoración hacia Aquél que recibimos […] sólo en la adoración puede madurar una recepción profunda y verdadera” (Sacramentum Caritatis 66).

En continuidad con esta tradición, es evidente que se volvía coherente e indispensable asumir gestos y actitudes tanto del cuerpo como del espíritu que facilitaran el silencio, el recogimiento, la humilde aceptación de nuestra pobreza de la infinita grandeza y santidad de Aquél que nos sale al encuentro bajo las Especies Eucarísticas. El mejor modo para expresar nuestro sentimiento de reverencia hacia el Señor Eucarístico era el de seguir el ejemplo de Pedro que, como nos cuenta el Evangelio, se arrojó de rodillas delante del Señor y dijo: “Señor, apártate de mí que soy un pecador” (Lc 5, 8).

Ahora bien, se nota que en algunas iglesias tal práctica se hace cada vez más rara y los responsables no sólo imponen a los fieles el recibir la Sagrada Eucaristía de pie, sino que incluso han quitado los reclinatorios de los bancos obligándolos a permanecer sentados o de pie, aun en el momento de la elevación de las Especies Eucarísticas presentadas para la adoración. Es extraño que tales procedimientos hayan sido adoptados, en las diócesis, por los responsables de la liturgia o por los párrocos de las iglesias, sin haber hecho la más mínima consulta a los fieles, a pesar de que, hoy más que nunca, se hable en muchos ambientes de democracia en la Iglesia.

Al mismo tiempo, haciendo referencia ahora a la Comunión en la mano, es necesario reconocer que se trata de una práctica introducida de forma abusiva y apresurada en algunos ambientes de la Iglesia inmediatamente después del Concilio, que ha cambiado la secular práctica precedente, y que se ha convertido en la práctica regular para toda la Iglesia. Se justificaba tal cambio diciendo que reflejaba mejor el Evangelio o la práctica antigua de la Iglesia.

Es verdad que si se recibe sobre la lengua, se podría de recibir también en la mano, ya que esta parte del cuerpo tiene en sí igual dignidad. Algunos, para justificar tal práctica, se refieren a las palabras de Jesús: “tomad y comed” (Mc14, 22; Mt26, 26). Cualesquiera sean las razones para sostener esta práctica, no podemos ignorar lo que sucede a nivel mundial en donde es adoptada: este gesto contribuye a un gradual y creciente debilitamiento de la actitud de reverencia hacia las Sagradas Especies Eucarísticas. La práctica precedente, en cambio, preservaba mejor ese sentido de reverencia. En vez, han penetrado una alarmante falta de recogimiento y un espíritu de general distracción. Ahora pueden verse comulgantes que regresan a sus lugares como si nada extraordinario hubiese ocurrido. Aún más distraídos están los niños y adolescentes. En muchos casos no se nota el sentido de seriedad y silencio interior que deben hacer notar la presencia de Dios en el alma.

Se dan, por otra parte, abusos: unos llevan las Sagradas Especies para guardarlas como souvenir, otros las venden, o, peor aún, hay quien las lleva para profanarlas en ritos satánicos. Estas situaciones han sido constatadas. Incluso después de grandes celebraciones, aun en Roma, se encontraron muchas veces las Sagradas Especies tiradas por el suelo.

Esta situación no nos lleva sólo a reflexionar sobre la grave pérdida de fe, sino también sobre los ultrajes y ofensas hechos al Señor que se digna salir a nuestro encuentro para volvernos semejantes a Él, a fin de que se refleje en nosotros la santidad de Dios. El Papa habla de la necesidad no sólo de entender el verdadero y profundo significado de la Eucaristía, sino también de celebrarla con dignidad y reverencia. Dice que es necesario ser conscientes de la importancia “de los gestos y de las posturas, como es arrodillarse en los momentos prominentes de la oración Eucarística” ( Sacramentum Caritatis 65). Además de ello, hablando de la recepción de la Santa Comunión, invita a todos a “hacer lo posible para que el gesto en su simplicidad corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor Jesucristo en el Sacramento” (Sacramentum Caritatis 50)

(*) Estos párrafos constituyen el prefacio que el Card. MALCOLM RANJITH, Secretario de la Congregación del Culto Divino y de la Disciplina de los Sacramentos, ha prologado a la obra “Dominus est”, del obispo Athanasius Schneeider

 

Por los sacerdotes……Bibliografía

Un sacerdote debe ser grande y pequeño a la vez.
Noble de espíritu, como si fuera de sangre real.
Simple y natural, como si fuera de raíz campesina.
Un héroe en la conquista de sí,
un hombre que ha combatido con Dios,
una fuente de santificación.
un pecador que Dios ha perdonado.
Soberano de sus deseos,
un servidor para los tímidos y débiles,
que no se abaja ante los potentes,
pero se inclina ante los pobres.
Discípulo de su Señor, pastor de su rebaño.
Un mendigo de manos largamente abiertas.
Portador de muchísimos dones.
Un hombre sobre el campo de batalla.
Una madre para confortar a los enfermos,
con la sabiduría de la edad,
con la confianza de un niño.
Dirigido hacia lo alto, con los pies sobre la tierra.
Hecho para la alegría, experto para sufrir.
Lejos de toda envidia, que sabe ver lejos,
que habla con franqueza.
Un amigo de la paz, enemigo de la inercia.
Fiel para siempre…
Otro Cristo.

(Códice de Salzburgo siglo XVI)

Hace tiempo conservo este escrito entre mis papeles. De tanto en tanto vuelvo a leerlo porque siento que allí late la esencia misma de lo que soy y de lo que debo ser cada día. Es un texto que baña de luz cualquier expectativa con que podamos asomarnos para hablar del sacerdocio católico.

Espero que a ti también te llegue esa luz cuando lo leas… y sea estímulo para expresarte en una oración ferviente a Jesús Buen Pastor, rogando por quienes hemos recibido este Don sobre todo don.
Gracias por adelantado.

p. Claudio Bert