La obra de Dios.

 

“La vida no consiste en realizar alguna obra especial, sino en acceder a un grado de conciencia y libertad interior que esté más allá de todas las obras y de todos los logros”.

“Nuestra vocación no consiste simplemente en “ser”, sino en trabajar junto con Dios en la creación de nuestra vida, nuestra identidad, nuestro destino.

Esto significa que no debemos existir pasivamente, sino participar activamente en Su libertad creadora, en nuestra vida y en la vida de los otros, eligiendo la verdad”.

Mi intención consiste en entregarme por entero y sin reservas a cualquier obra que Dios quiera realizar en mí y a través de mí”.

Thomas Merton.

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Oración en la hora de la inquietud (P. C. Bert)

Señor de los mares embravecidos,
que devolviste la calma a la barca de tus apóstoles
zarandeada por la bravura de las olas,
y soplaste en el corazón de tus amigos
el buen aire de la paz y la confianza,
Te ruego, para todas las tempestades de mi vida,
me despiertes la fe en tus cuidados amorosos…
y ya que estás en el timón de mi barca,
asegúrame  bajo tu poderosa conducción.
Aleja de mí toda tentación teñida de inquietud y desconfianza,
y  líbrame de los miedos frente a un mañana que no ha llegado.

P. Claudio Bert (1964/2017)

El santo abandono a la Providencia

Un alma santa no es sino un alma libremente sometida a la acción divina con la ayuda de la gracia”; “hay pues que amar en todo a Dios y su plan divino; hay que amarlo tal como se presenta, sin desear nada más”.

 

“No hay momento alguno en que Dios no se presente bajo las apariencias de alguna obligación o de algún deber. Todo lo que se hace en nosotros, a nuestro alrededor y por medio de nosotros encierra y recubre su acción divina”

 Padre Jean Pierre de Caussade S.J. (*)

 

Por ello insistirá el Padre de Caussade en que ningún estado y ningún medio es de suyo indispensable para la perfección y la santidad (ni el estado religioso, ni las largas oraciones, ni las lecturas espirituales, ni las prácticas de penitencia, ni el ejercicio concreto de tales o cuales actos de virtud) y al mismo tiempo ninguno la excluye (ni el cuidado de una familia, ni el desempeño de un oficio en el mundo, ni la falta de salud física o de estudios, etc., etc.)

Pues todo ello son medios de los que hemos de usar en tanto en cuanto formen parte del plan de Dios sobre nosotros, y son escalones que han de ayudarnos a subir en la medida en que – aun bajo la apariencia de contradicciones y obstáculos – el designio amoroso de Dios los pone o los permite en nuestro camino.

Con nada glorificamos tanto a Dios como con reconocer nuestra condición de creaturas cumpliendo lo más exactamente posible su Voluntad.

No es mejor intentar grandes empresas y acciones heroicas y espectaculares, si lo que Dios nos pide es una vida oculta y anónima buscando la perfección en el cumplimiento fiel de los pequeños deberes cotidianos; ni viceversa,  refugiarnos con pusilanimidad y so capa de humildad en esa oscuridad aparentemente segura, si en verdad el Señor nos llamaba para cosas más grandes, que Él con su gracia nos ayudaría a realizar. En esto consiste la perfección – no en buscar concretamente esto o aquello – y no es otra cosa lo que Cristo nos enseña, ya que todo a lo largo y ancho de los  Evangelios resalta como su única preocupación el cumplir la Voluntad de su Padre.

Por eso la verdadera imitación de Cristo no consiste en hacer tales o cuales cosas, en vivir de tal o cual manera, sino ante todo en cumplir en nosotros su Voluntad, sea la que fuere. Y por otra parte, hemos de tener bien en claro que esto no constituye en modo alguno lo que nuestros  contemporáneos intoxicados a veces de psicologismo llamarían un a alienación, una limitación a nuestra propia “realización personal” haciéndola claudicar ante ese plan de Dios sobre nosotros que nos vendría de fuera como una imposición arbitraria y contraria quizá a nuestras propias aspiraciones.

“Querrías ir hacia el Oriente, y te lleva hacia Occidente”, escribe el padre de Caussade, para luego hacernos caer en la cuenta de que, si creemos de veras que Dios es nuestro Padre que nos ama con amor infinito y por lo tanto quiere para nosotros lo mejor; que es infinitamente sabio, y por ende no puede equivocarse y ve mucho más allá de nuestros cortísimos alcances; que es todopoderoso y nada escapa a su poder, nada sucede fuera del plan de su Providencia, entonces pronto comprenderemos que no puede haber, para cada uno de nosotros, un “proyecto de vida” mejor que aquel que su paternal y amorosa Providencia esbozó desde toda la eternidad para cada uno como un modelo único e irrepetible, y por allí es por donde nos “realizaremos” en plenitud, alcanzaremos nuestra propia perfección y nuestra mayor felicidad.

 

Oración de confianza

Señor Dios mío, no tengo idea de hacia dónde voy.

No conozco el camino que hay ante mí.

No tengo seguridad de dónde termina.

No me conozco realmente, y el hecho de que piense que cumplo tu voluntad, no significa que realmente lo haga.

Pero creo que el deseo de agradarte te agrada realmente. Y espero tener este deseo en todo lo que estoy haciendo. Espero no hacer nunca nada aparte de tal deseo.

Y sé que si hago esto, tú me llevarás por el camino recto, aunque yo no lo conozca.

Por lo tanto, siempre confiaré en ti aunque parezca perdido y a la sombra de la muerte. No temeré, pues tú estás siempre conmigo y no me dejarás que haga frente solo a mis peligros. Amén

 

El Bautismo de Jesús

Icono realizado por Soledad Malbrán 

 

Con esta fiesta termina el tiempo de Navidad.

Hace unos días contemplábamos al Niño frágil nacido y recostado en el pesebre.

Hoy vemos al Señor adulto que se dispone a “cumplir todo lo que es justo”.

El Bautismo de Jesús es una manifestación, una escena epifánica, que muestra la divinidad de Jesús.

Si la Navidad es la manifestación de Cristo en la humilde Belén y la Epifanía es la manifestación universal a todos los pueblos, el Bautismo es la manifestación absoluta, en plenitud, de la divinidad de Cristo.

 

“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

Esta voz que se oye del cielo corrobora la vocación de Jesús: es el Siervo de Yahveh y el Hijo de Dios. El ha entrado en la historia para llevar adelante la voluntad del Padre, mostrar el profundo amor de Dios por su criatura hasta darse en rescate por todos ellos.

Este amor, no se detiene ante el pecado del hombre que apaga la vida de Dios en él.

Dios en Cristo, nos salva sumergiéndose hasta el fondo del abismo de la muerte para rescatarnos. Incluso el hombre que ha caído tan a fondo que ya no puede ver el cielo, encuentra la mano de Dios para tomarla y ser rescatado y así volver de las tinieblas a la luz.

María mi Madre nos asiste durante toda la vida

El amigo verdadero lo es en todo momento, y el amigo se conoce en los trances apurados” (Prov 17, 17).

Los verdaderos amigos se conocen no tanto en la prosperidad cuanto en los tiempos de angustia y miserias.

Los amigos al estilo mundano duran mientras  hay prosperidad; pero si tales amigos caen cualquier desgracia, y sobre todo si sobreviene la muerte, al instante esa clase de amigos desaparecen.

No obra así María con sus devotos.

En sus angustias, y sobre todo en las de la muerte, que son las mayores que pueden haber en la tierra, ella, tan buena Señora y Madre, jamás abandona a sus fieles verdaderos; y como es nuestra vida durante nuestro destierro, así se convierte en nuestra dulzura en la última hora, obteniéndonos una dulce y santa muerte.

Porque desde el día en que tuvo la dicha y el dolor a la vez de asistir a la muerte de su Hijo Jesús, que es la cabeza de los predestinados, adquirió la gracia de asistir a todos los predestinados en la hora de su muerte.

Por eso rogamos a la Santísima Virgen que nos socorra especialmente en la hora de nuestra muerte: “Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.

Muy grandes son las angustias de los moribundos, ya por los remordimientos de los pecados cometidos, ya por el miedo al juicio de Dios que se avecina, ya por la incertidumbre sobre la salvación eterna.

Entonces, más que nunca, se arma el infierno y pone todo su empeño para arrebatar aquella alma que está para pasar a la eternidad, sabiendo que le queda poco tiempo y que si ahora no lo consigue se le escapa para siempre.

San ALFONSO M. DE LIGORIO, Las glorias de María

 

queridos amigos, nada mejor para nosotros, para los nuestros y para nuestra vida de aquí  y la eterna que amar a la Santísima Virgen María. Amemos a la Madre De Dios, Ella nunca nos defraudará; ni nos abandonará.

Predicar……..

INDIA – OCTOBER 01: Mother Teresa and the poor in Calcutta, India in October, 1979. (Photo by Jean-Claude FRANCOLON/Gamma-Rapho via Getty Images)

 

«Nosotros predicamos un Dios bueno, comprensivo, generoso y compasivo.

Pero, ¿lo predicamos también a través de nuestras actitudes?

Si queremos ser coherentes con lo que decimos, todos deben poder ver esa bondad, ese perdón y esa comprensión en nosotros.»

 

Madre Teresa de Calcuta, Orar. Su pensamiento Espiritual.
Buenos Aires: Editorial Planeta