En el día del Inmaculado Corazón de María…..Bibliografía

Mientras que el   pecado divide, nos separa unos de otros, la pureza de María la hace   infinitamente cercana a nuestros corazones, atenta a cada uno de nosotros y   deseosa de nuestro verdadero bien. Estáis viendo, aquí, en Lourdes, como en   todos los santuarios marianos, que multitudes inmensas llegan a los pies de   María para confiarle lo que cada uno tiene en lo más íntimo, lo que lleva   especialmente en su corazón.
 
  Lo que por pudor muchos no se atreven a veces a confiar siquiera a los que   tienen más cerca, lo confían a Aquella que es toda pura, a su Corazón   Inmaculado: con sencillez, sin fingimiento, con verdad. Ante María,   precisamente por su pureza, el hombre no vacila a mostrarse en su fragilidad,   a plantear sus preguntas y sus dudas, a formular sus esperanzas y sus deseos   más secretos. El amor maternal de la Virgen María desarma cualquier orgullo;   hace al hombre capaz de verse tal como es y le inspira el deseo de   convertirse para dar gloria a Dios.
 
  María nos muestra de este modo la manera adecuada de acercarnos al Señor.   Ella nos enseña a acercarnos a Él con sinceridad y sencillez. Gracias a Ella,   descubrimos que la fe cristiana no es un fardo, sino que es como un ala que   nos permite volar más alto para refugiarnos en los brazos de Dios”

Benedicto XVI, Angelus del domingo 14 de septiembre 2008
Lourdes

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Bibliografía

El Corazón de Jesús es el símbolo o imagen sensible del amor infinito de Jesús. Cuando hablamos del Corazón de Jesús, estamos hablando de su Corazón como símbolo de su amor a los hombres y, por eso, cada vez que decimos Corazón de Jesús, podemos decir igualmente Jesús. Él está realmente presente en la Eucaristía con su Corazón vivo y palpitante de amor por nosotros. Por ello, la devoción al Corazón de Jesús es inseparable de la devoción a Jesús Eucaristía.

 

Después de las apariciones del Corazón de Jesús a santa Margarita María de Alacoque, en las que le pedía que se celebrara la fiesta del Corazón de Jesús el viernes siguiente a la octava del Corpus Christi, el Papa Clemente XIII aprobó el 6 de febrero de 1765 oficialmente esta fiesta para Polonia. El Papa Pío IX, el año 1856, extendió esta fiesta a toda la Iglesia. En 1871 se concedió a esta fiesta el rango de primera clase, de acuerdo al pedido de los obispos presentes en el concilio Vaticano I. El Papa León XIII, el 25 de mayo de 1899, publicó la encíclica Annum sacrum, en que explicaba la importancia de la consagración del mundo al Corazón de Jesús. Lo consagró el 11 de junio de 1899, elevando esta fiesta al rango de doble de primera clase. El Papa Pío IX, el 22 de agosto de 1906, pidió que cada año se renovara la consagración de la humanidad al Corazón de Jesús delante del Santísimo Sacramento con la fórmula empleada por el Papa León XIII.

 

El Papa Pío XI escribió tres encíclicas sobre el Sagrado Corazón de Jesús y elevó esta fiesta en 1828 a la categoría de solemnidad. El Papa Pío XII escribió la encíclica Haurietis aquas sobre el Corazón de Jesús. En ella dice: En la historia de la devoción al Corazón de Jesús debemos recordar los nombres de aquellos que se pueden considerar los precursores de esta devoción… Entre ellos San Juan Eudes, que es el autor del primer oficio litúrgico en su honor, cuya fiesta solemne se celebró con el beneplácito de muchos obispos de Francia el 20 de octubre de 1672. Pero, entre todos los promotores de esta excelsa devoción, merece un puesto especial santa Margarita María Alacoque, porque su celo, iluminado y ayudado por el de su director espiritual san Claudio de La Colombière, consiguió que este culto, ya tan difundido, haya alcanzado el desarrollo que hoy suscita la admiración de los fieles cristianos y que por sus características de amor y reparación, se distingue de todas las demás formas de la piedad cristiana.

El Papa Juan Pablo II, en su primera encíclica Redemptor hominis, nos habla del Corazón de Cristo. Es el Papa de los dos Corazones (de Jesús y de María). El 25 de Marzo de 1984 consagró el mundo y la Iglesia al Inmaculado Corazón de María como la misma Virgen María le había pedido a Lucía de Fátima, aclarando que el Corazón de María es el camino más seguro para llegar al Corazón de Jesús.

Entre los apóstoles del Corazón de Jesús destaca san Juan Eudes (1601-1680). El Papa Pío X lo llamó el doctor de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Él dice: La fiesta del Corazón de Jesús es la fiesta de las fiestas. Pertenece más al cielo que a la tierra. Si se celebra en la Iglesia una fiesta tan solemne en honor del divino sacramento de la Eucarística, ¡qué fiesta no debería establecerse en honra de su Sacratísimo Corazón, que es el origen de todo lo grande y precioso que existe en este augusto sacramento!

San Francisco de Sales (1567-1622) atribuía la fundación de las religiosas de la Visitación (la Orden de santa Margarita María) a la obra de los Corazones de Jesús y de María.

El beato Bernardo Hoyos (1711-1735) es considerado el primer apóstol de esta devoción en España. Nos dice: Adorando al Señor en la hostia, me dijo clara y distintamente el 3 de mayo de 1733, que quería por mi medio extender el culto de su Corazón sacrosanto, para comunicar sus dones. El 14 de mayo de ese mismo año, dice: Estaba pidiendo una fiesta para el Corazón de Jesús, en especial para España, y me dijo Jesús: “Reinaré en España y con más veneración que en otras partes”.

Otro apóstol importante de esta devoción es santa Faustina Kowaslska (1905-1938), a quien Jesús le manifestó su divina misericordia en íntima unión con esta devoción del Corazón de Jesús, pues es el mismo Corazón bajo el aspecto de su amor misericordioso. Jesús le hizo pintar una imagen con la inscripción: Jesús, yo confío en Ti. Prometiéndole, al igual que a santa Margarita, bendecir los lugares donde fuera expuesta y honrada. También le prometió la victoria sobre sus enemigos en la tierra y especialmente en la hora de su muerte, pidiéndole que se instituyera la fiesta del Señor de la misericordia el primer domingo después de Pascua.

En el día del padre.

“Los que han descendido al misterio profundo de sus corazones y han hallado el hogar íntimo donde encuentran a su Señor, llegan al misterioso descubrimiento de que la solidaridad es la otra cara de la moneda de la intimidad. Se hacen conscientes de que la intimidad del hogar de Dios incluye a todos. Empiezan a ver que el hogar que han encontrado en su ser más íntimo es tan amplio que en él cabe toda la humanidad.”

Recordamos y saludamos hoy a todos lo padres, a los que están junto a nosotros y a los que nos miran desde el cielo. 

Especialmente a ti querido Padre Claudio quien  fuiste padre presente y Bueno, gran amador del necesitado y enfermo, padre de todos nosotros Servidores y tantos  fieles que te recordamos en cada momento de nuestro caminar. Descansa en paz junto a tu Dueño, el Señor de la Misericordia y en los brazos de tu Santísima Madre. 

 

 

 

Solemnidad de Corpus Christi. Bibliografía

La promesa de Cristo de estar junto a nosotros hasta el fin del mundo encuentra un modo de realización inaudita en el acontecimiento sacramental de la Eucaristía. Para nuestro cansancio, para saciar el hambre y la sed del hombre caminante hacia la tierra prometida, el Señor se queda entre nosotros como Don de Sí mismo en su cuerpo entregado y en su sangre derramada.

Si cada domingo la Iglesia celebra la Eucaristía y recibe a Cristo como Palabra viva y Pan de vida eterna, hoy, fiesta del Corpus Christi, queremos celebrar con mayor solemnidad esta realidad cotidiana y luminosa de la proximidad del Señor en el sacramento del Pan eucarístico.

Porque eso es la Santa Eucaristía: el Sacramento de la proximidad y cercanía de Dios. Pareciera que a Dios no le bastó con el descenso de su Encarnación en el seno de santa María Virgen. Él sigue descendiendo en la fragilidad minúscula de la hostia consagrada, para internarse en el centro de nuestra vida.

Cuando llevamos a Jesús sacramentado por nuestras calles… deberíamos tomar conciencia de que Él es el Camino de la Verdad y de la Vida por el cual hemos de transitar. El Camino se hizo carne para empalmarse en los caminos oscuros de nuestra existencia y mostrarnos el fin del camino que es la comunión en su Misterio…

Como dijo alguna vez el papa Benedicto XVI: “La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección”.

Celebramos el Santísimo Sacramento, cautivos por la mirada de Aquél que lo habita con la plenitud de su misericordia y nos mira desde este “sacramento admirable”, como lo llama la oración colecta del día.

Día de oración contemplativa… que nos lleva a “venerar de tal manera los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que podamos experimentar siempre en nosotros los frutos de tu redención…”, como le expresa con sonora belleza la oración litúrgica de la solemnidad.

Si el cristiano se define como aquél que ha sido alcanzado por el amor desbordante del Cristo que pasa, la Eucaristía celebrada cada vez con mayor fervor y lucidez creyentes, nos permitirá experimentar la actualidad de este Amor revolucionario que nos llega en el altar como Cuerpo y como Sangre entregados…

Como enseña Santo Tomás: “el efecto propio de este Sacramento es la conversión del hombre en Cristo, para que diga con el apóstol: “vivo no yo, sino Cristo vive en mí”. Entonces, si la Eucaristía nos transfigura en aquello que recibimos, es decir, nos hace ser pan bendito para el hermano… entonces, podemos afirmar que esta celebración del sacrificio eucarístico es también un compromiso: don y compromiso.

El evangelio de la multiplicación de los panes, en la versión de Lucas, nos mueve también a esta reflexión: miramos al Señor presente en el Santísimo Sacramento del altar, pero sin distraernos del mirar a esas otra presencias sacramentales del Señor, arropado con la pobreza, el dolor, la enfermedad de tantos que pasan por la misma vereda de nuestra casa.

Por tanto, celebrar la Eucaristía y venerar la majestad del Dios abajado en los nuevos pesebres del altar, nos implica e involucra en ese dinamismo de entrega y de servicio con el que vivió Jesús hasta el calvario.

P. Claudio Bert

El llamado de Jesús. Bibliografia

 

” Estoy convencido de que todo el que haya sido tocado profundamente por Jesús, descubrirá en sí mismo una llamada para compartir el amor de Jesús con los demás. No se trata de forzar a nadie a convertirse en cristiano o manipular a nadie para que se bautice, sino ser un signo viviente del amor que ha sido descubierto a través de Jesús y que necesita ser conocido.
El deseo de proclamar a Jesús forma parte de la esencia de conocerlo y amarlo. Esta proclamación puede realizarse de modos muy diferentes y de maneras muy diversas. No siempre tiene que ser con palabras….No todo el mundo es llamado a la misma tarea, y, una vez que conocemos a Jesús, vamos a ir descubriendo poco a poco cuál es nuestra forma particular de proclamar el evangelio. Pienso, sin embargo, que es un error creer que estamos llamados a salvar al mundo forzando a que otras personas acepten a Jesús o el bautismo. Eso sería apropiarse de un papel divino que no nos pertenece. Sólo Dios salva y el espíritu de Dios sopla donde quiere, incluso entre aquellos que no conocen a Jesús y nunca conocerán explícitamente nada sobre él. Creo que esto es un pensamiento bastante ortodoxo y no es en absoluto hereje o liberal.”

HENRI NOUWEN. Love, Henri. Letters on spiritual life.

 

Practicad pues la Misericordia terrena y recibireis la Misericordia celestial . Bibliografia

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.”Dulce es el nombre de misericordia, hermanos muy amados; y, si el nombre es tan dulce, ¿cuánto más no lo será la cosa misma? Todos los hombres la desean, mas, por desgracia, no todos obran de manera que se hagan dignos de ella; todos desean alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla.

Oh hombre, ¿con qué cara te atreves a pedir, si tú te resistes a dar? Quien desee alcanzar misericordia en el cielo debe él practicarla en este mundo. Y, por esto, hermanos muy amados, ya que todos deseamos la misericordia, actuemos de manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre después en el futuro. Hay en el cielo una misericordia, a la cual se llega a través de la misericordia terrena. Dice, en efecto, la Escritura: Señor, tu misericordia llega al cielo.

Existe, pues, una misericordia terrena y humana, otra celestial y divina. ¿Cuál es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? Sin duda, la que consiste en el perdón de los pecados. Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria definitiva. Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo él mismo: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere recibir en la tierra.

¿Cómo somos nosotros, que, cuando Dios nos da, queremos recibir y, cuando nos pide, no le queremos dar? Porque, cuando un pobre pasa hambre, es Cristo quien pasa necesidad, como dijo él mismo: Tuve hambre, y no me disteis de comer. No apartes, pues, tu mirada de la miseria de los pobres, si quieres esperar confiado el perdón de los pecados. Ahora, hermanos, Cristo pasa hambre, es él quien se digna padecer hambre y sed en la persona de todos los pobres; y lo que reciba aquí en la tierra lo devolverá luego en el cielo.

Os pregunto, hermanos, ¿qué es lo que queréis o buscáis cuando venís a La iglesia? Ciertamente la misericordia.Practicad, pues, la misericordia terrena, y recibiréis la misericordia celestial. El pobre te pide a ti, y tú le pides a Dios; aquél un bocado, tú la vida eterna. Da al indigente, y merecerás recibir de Cristo, ya que él ha dicho: Dad, y se os dará. No comprendo cómo te atreves a esperar recibir, si tú te niegas a dar. Por esto, cuando vengáis a la iglesia, dad a los pobres la limosna que podéis, según vuestras posibilidades.

Autor: San Cesáreo de Arlés. Sermón 25,1