MEDITAR LA PALABRA DE DIOS.

“Cuando dice Jesús: ‘El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán’ nos muestra el camino directo hacia la vida eterna.
Las palabras de Jesús tienen la capacidad de transformar nuestros corazones y nuestras mentes y nos llevan al Reino de Dios. ‘Las palabras que os he hablado -dice Jesús- son espíritu y son vida’
(Juan 6, 63).
Mediante la meditación podemos dejar que las palabras de Jesús lleguen de nuestras mentes a nuestros corazones y creen en ellos un espacio para que more el Espíritu.
Hagamos lo que hagamos y vayamos adonde vayamos, mantengámosnos cerca de las palabras de Jesús.
Son palabras de vida eterna.”
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NUESTRO CENTRO DEBE SER EL AMOR

“Siempre que alguien nos hiere, ofende, ignora o rechaza, se produce en nosotros una profunda protesta interior.
Puede tratarse de furia o depresión, de deseo de venganza o incluso del impulso de causarnos daño nosotros mismos.
Podemos sentir una profunda urgencia de vengar nuestra herida, o bien refugiarnos en un sentimiento suicida de autodesprecio.
Aunque estas reacciones extremas puedan parecer excepcionales, nunca son ajenas a nuestros corazones.
Durante largas noches le damos vueltas a menudo a las palabras o acciones con que hubiéramos podido responder a lo que nos dijeron o hicieron otros.
Justo en ese momento es cuando hemos de desenterrar nuestros recursos espirituales y encontrar el centro en nuestro interior, ese centro que está mucho más allá de nuestra necesidad de herir a otros o herirnos a nosotros mismos, ……..el centro donde somos libres para perdonar y amar.”

LA MEDITACIÓN.

La oración mental o meditación es, más que conveniente, necesaria para el progreso de la vida espiritual. Ya decía San Alfonso María de Ligorio que “el pecado puede existir en nosotros junto a otros ejercicios de piedad, pero no pueden cohabitar la meditación y el pecado: o el alma deja la meditación o deja el pecado”.

El amigo busca al amigo. Nuestra relación con Dios se establece por el ejercicio de las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Son ellas las que deben establecer esa divina comunicación “con quien sabemos que nos ama” (Santa Teresa). Por ello la meditación no exige técnicas depuradas, aun cuando éstas nos puedan ayudar. “Si amáramos a Dios, la oración nos sería tan natural como la respiración” (San Juan María Vianney). Los antiguos monjes se unían a Dios por la repetición afectuosa de jaculatorias.

La esencia, el alma de la oración o meditación es el trato de amistad con Dios, es decir, el mutuo conocerse y contemplarse y el mutuo amarse. Así precisamente la definió Santa Teresa: “Es tratar de amistad con aquél que nos ama”.

El lenguaje de la meditación es el lenguaje del corazón. Si se deben usar palabras es porque ellas disponen el alma.

“Para mí la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de gratitud y de amor, tanto en medio de la tribulación como en medio de la alegría” (Santa Teresa del Niño Jesús).

 

Ha nacido Nuestro Salvador!

“Hoy, queridos amigos y hermanos, ha nacido nuestro Salvador; alegrémonos.!!

No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor de la mortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida.

 Alégrese el santo, puesto que se acerca a la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón.”

De los sermones de San León Magno, Papa (sermón 1 en la Natividad del Señor, 1-3)

Con mis mejores deseos para el año 2018. FElIZ NAVIDAD!!!!

Preparar la cuna para que nazca Dios.

 

 

Queridos hermanos y amigos, estamos viviendo este tiempo de Navidad. “Dios con nosotros”, el Niño Dios se hace presente para mostrarnos el camino verdadero del amor. 

Un Amor  que es fraternidad y solidaridad, real y concreta, (como me gusta decir a mí), con los que compartimos nuestra vida.

 Preparemos en estas vísperas de la navidad, nuestro corazón, algunos felices, otros no tantos, otros , sufrientes, devastados, consolados, ablandados por el dolor, pero de pie, imitando a la Virgen Santísima …..ahí en ese corazón que ha pasado tanto, también nace Dios, y trae la Gracia….esa Gracia esperada que será acariciada, besada y guardada para luego compartirla con tantos queridos.

Pues bien, preparemos este corazón, el nuestro,  para que Dios nazca y estemos felices de recibirlo, con la paz y la alegría de saber que nos traerá lo que tanto anhelamos.

 JOSÉ  LUIS 

 

 

Mirar a San José en el tiempo de adviento.

 

Si alguna vez existió un hombre que merezca el esplendor del Cielo, es San José.

Un hombre justo que vivió una vida honorable y santa.

Y que está unido a su amada esposa María y a Jesús, el Hijo Eterno, a quien crio como su propia carne y sangre.

Se dice muy poco sobre San José en las páginas de las Sagradas Escrituras.

Pero hay un gran cuerpo de enseñanzas acerca de este gran Santo en los escritos de los Padres y Doctores de la Iglesia y en la tradición oral de nuestra fe.

LA SANTIFICACIÓN DE JOSE DESDE SU NACIMIENTO

El Padre celestial santificó a José, para que cuando llegara el momento, se casara con la Santísima Virgen María, cuidara a Nuestro Señor Jesús como su propio hijo, y fuera el esposo y padre más perfecto y santo.

San Alfonso María de Ligorio dice que dado que Dios escogió a San José para ocupar el cargo de padre del Verbo Encarnado, debemos creer que Él le confirió toda la santidad para tal oficio.

Entre otros privilegios, José tenía tres que eran especiales.

En primer lugar fue santificado en el vientre de su madre, como lo fueron Jeremías y San Juan el Bautista.

En segundo lugar, al mismo tiempo fue confirmado en gracia.

Y en tercer lugar, siempre estuvo exento de las inclinaciones de la concupiscencia, un privilegio con el que San José favorece a sus devotos, librándolos de los apetitos carnales.

Piadoso y religiosamente observante, es ante todo y por sobre todo, un hombre justo; a no confundirse, no está sometido a las veleidades de una limitada balanza humana. Antes bien, es justo con mayúsculas porque ajusta su voluntad a la del Dios del Universo por encima de todas las cosas.

Pero es un hombre que sabe oír y escuchar: ante el consejo de un Mensajero, no vacila y toma a María por esposa, casa en común, hogar fecundo
-habría que imaginarse, por un momento, una fiesta campesina allí en esa aldea, en honor de los noveles esposos-

El carpintero trabaja y trabaja; ya no es un hombre solo, hay una esposa con un hijo en camino que necesitan el sustento que puedan procurar sus manos encallecidas.
Así los días, del amanecer al ocaso, madera y esfuerzo, y un vientre amado que crece ante sus ojos mansos.

En este Adviento, dejando de lado cualquier intento laudatorio o ansias de reivindicar, grato es volver la mirada a José de Nazareth.
Y con él, a tantas y tantos Josés silenciosos y serviciales, mansos y humildes renegados de cualquier éxito, siempre disponibles allí donde se los necesite, decididos protectores de esta Vida que se nos regala y que se viene asomando en pañales.

Esperar expectantes.


Esperar pacientemente a Dios supone una gozosa expectativa. Sin una expectativa, nuestra espera puede quedar atrapada en el presente. Cuando esperamos expectantes nuestro entero ser permanece expuesto a verse sorprendido por la alegría.
A lo largo de los Evangelios Jesús nos pide que nos mantengamos despiertos y estemos alerta. Y San Pablo dice: “Ya es hora de levantarnos del sueño, pues nuestra salud está ahora más cerca que cuando empezamos a creer La noche está avanzada y se acerca ya el día. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y vistamos las armas de la luz” (romanos 13, 11 y 12). Es esta expectativa gozosa de la venida de Dios la que ofrece vitalidad a nuestras vidas. La expectativa del cumplimiento de las promesas que Dios nos hizo a nosotros nos permite prestar plena atención al camino que estamos recorriendo.